Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 7, 2020

Gloria

Los estragos medioambientales de Gloria aún son visibles a lo largo de la costa del Mediterráneo. La devastación del delta del Ebro y de miles de hogares cercanos a la línea del mar conlleva consecuencias irreparables que van más allá de las económicas. Hartas de las continuas inundaciones y de los nulos medios que las autoridades responsables aplican para desviar el curso de las vaguadas, muchas familias han puesto en venta sus casas, los hogares de sus padres y abuelos, a un precio irrisorio para trasladarse tierra adentro. El mar, como la muerte, es una invencible emperatriz, altiva y caprichosa, que absorbe consigo, hasta el agujero negro de sus entrañas, todo rastro de vida y de presencia humana.

Como un castigo de los cielos, Gloria convulsionó los cimientos cenagosos del Mediterráneo, los catapultó hacia la superficie y los vomitó en las turísticas arenas de nuestro litoral. Olas que superaban los siete metros escupían a la tierra peces y restos de plásticos y de envases de difícil digestión. La soberbia humana, la vanidad de creernos que somos los dueños de este planeta, la insensatez de no vivir en armonía con la Naturaleza, la estupidez al ignorar que somos una forma de vida ni más ni menos importantes que las demás… todas ellas, nuestras faltas capitales, humilladas durante unos días por una DANA. Yo escuché el mensaje cuando salí hace tres días a pasear por la orilla del mar y me encontré en la arena, entre jirones de algas, con un envase de yogur de hace treinta y cinco años, igual que el que tomaba cuando era un muchacho. Miré el envase, apenas deteriorado, con el papel aún pegado, con la tinta de las palabras algo borrada. Lo reconocí enseguida y me estremecí hasta lo más profundo de mis recuerdos.

¿Qué estamos haciendo? ¿Dónde está la armonía de nuestra especie con la Naturaleza? ¿Alguien, dentro de unas décadas o siglos, podrá justificar y perdonar nuestra falta de humanismo? Entré, penitente y apenado, en el mar y me sumergí en su esencia de tiempo; al salir, recogí el envase y lo llevé a mi casa, apagada y fría. Esa noche, sin duda, mi hogar se iluminó.


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