Posteado por: josejuanmorcillo | enero 8, 2020

Galdós

Se cumple un siglo de la muerte de Galdós y no quería desaprovechar la ocasión para escribir unas líneas sobre él dentro de las cuatro paredes de esta columna sin techo entre las que ya llevo unos años haciendo cabriolas para que se asomen desde arriba y me lean. No trataré cuestiones filológicas ni técnicas narrativas del escritor canario. No es el lugar. Pero sí compartiré con ustedes unas cuantas razones por las que hay que leer a este autor.

Galdós es atemporal. Encasillado en el Realismo, late en sus novelas una preocupación patriótica —que tanto inspiró a los del 98— de reflotar el hundimiento espiritual y cultural en el que España había encallado desde 1868 y que tan bien entendemos desde la perspectiva actual. Ello se ve en su crítica a la hipócrita moral burguesa, con su desapego de la cultura y de las duras condiciones sociales y laborales que sufrían las clases sociales más desfavorecidas, una burguesía urbana y rural infectada por la laceria y obsesionada con la apariencia y con el hedonismo. Su pluma disecciona a la Iglesia para mostrar a los lectores que hay sacerdotes sin vocación y corruptos, una institución religiosa en connivencia con la inmoralidad burguesa y, temerosa de perder sus privilegios y su protagonismo social secularmente heredados, actuando en los instrumentos de la política y de la educación.

Pero Galdós también es quijotesco porque en novelas como Fortunata y Jacinta, Marianela, Tormento, Nazarín, Misericordia o Tristana, el autor trata con suma ternura y con amargo pesimismo a los dos grupos sociales más vulnerables: por un lado, los niños, tanto los pobres (maltratados, analfabetos y malnutridos) como los ricos (egoístas, malcriados y crueles), niños que serán la siguiente generación infectada con las mismas inmoralidades. Y, por otro, la mujer, víctima de maltratos y de vejaciones, relegada al ámbito del hogar y amordazada por la Iglesia y la sociedad. Felipe, Nazarín, Tristana o Tormento son algunos de los supervivientes que nadarán, no sin esfuerzo, hasta la costa de su liberación social y personal.

Hay que leer a Galdós: sus obras son espejos pulidos que reflejan la vida tal como es, sin veladuras ni maquillajes.


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