Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 11, 2019

La “pucelle” sueca

Quién no recuerda sus alocados quince años, dulce locura de enamoramientos imposibles que te herían los ojos, del primer pitillo, de las primeras salidas nocturnas, de las tardes lentas de invierno escuchando tu música y abandonando los deberes del instituto mientras se apagaba el domingo. Locuras, a veces, temerarias; locuras de aquellos que corrían demasiado deprisa y sin el traje adecuado tras una madurez que no les correspondía y a los que la imprudencia les castigó, años más tarde, con la enfermedad y la muerte. Antes de ser caballo se es potro, y para aplacar un potro se necesitan mucho músculo neuronal y espuertas de paciencia. Los adolescentes se impulsan por su pensamiento emocional sin medir las consecuencias de sus actos; son potros que ansían descincharse y correr a toda brida.

A principios del s. XV, Juana de Arco, La Pucelle d´Orléans (`la doncella, la virgen de Orleans´) estaba segura de que Dios la había escogido para liderar la victoria de los franceses frente a los ingleses, y fue tan convincente que cristianos de otros países la ayudaron en su cruzada, entre ellos unos caballeros vallisoletanos a los que, al parecer, se les otorgó el título de pucellans (`pucelanos´). A los 19 años murió en la hoguera acusada de hereje.

Seis siglos después, la sueca Greta Thunberg, de 16 años, tiene al mundo rendido a sus pies y pendiente de cada uno de sus actos en su particular cruzada ecologista para «salvar» nuestro planeta. Con su adolescente voz de contralto y con un tono violento y desafiante, esta nueva pucelle se encara con las grandes potencias económicas y militares, lee ante auditorios enardecidos un manifiesto que pronostica el apocalipsis climático y, en sus ruedas de prensa, anima al mundo entero a que se rebele para evitarlo. Bajo consentimiento paterno, ha dejado sus estudios, su casa y sus amigos para cruzar el Atlántico en un catamarán acompañada de una familia italiana y ha desembarcado, como un nuevo Colón, en nuestra Península para traernos el rayo de su verbo incontaminado. Bienvenida, querida niña, y que Dios te guarde y proteja de los peligros del mundo.


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