Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 4, 2019

Teselas

Tenemos la costumbre de caminar cabizbajos, observando el suelo que pisamos no ya por precaución; andamos con el semblante castigado, como si la vida nos hubiera asestado un pescozón por haber cometido un traspié. Deambulamos sonámbulos, con los ojos despegados de sus cuencas, colganderos y sin alma, ojos opacos de marioneta que, al menor descuido, saltan de sus órbitas y quedan bailando en el vacío, columpiándose en todas direcciones, sujetos por su muelle metálico de nervios y venas. Nos atrae la tierra como una querencia de muerte, como las tablas al toro moribundo. No podemos evitar su terroso canto de sirena y nuestros ojos siguen el rastro de su melodía.

Ayer, al despertarme, me incorporé de la cama y me dirigí al baño instintivamente, sin encender la luz, sin levantar la cabeza, con los párpados resueltos a levantarse como la persiana vieja y oxidada de un negocio. En el parqué del pasillo, a pesar de las sombras de la madrugada, encontré unas palabras viejas que enseguida identifiqué como mías. No sé el tiempo que llevarían allí tiradas. Parecían teselas de algún mosaico antiguo, rotas y con la pintura descolorida, roídas por la desidia y por el paso del tiempo. Las supe mías con la misma certeza con la que te reencuentras, al abrir un cajón, con un libro de tu infancia: el lomo desprendido por la parte superior, la cubierta con dobleces de tanto abrirlo, la inexperta firma de niño de la primera página para que nadie me lo robase. Me detuve junto a ellas observándolas, apelotonadas junto al rodapié. En un principio no supe reaccionar. Giré la cabeza hacia el dormitorio y luego al aseo, y bajé la mirada otra vez hacia el suelo para asegurarme de que no estaba soñando. Allí seguían. Al fin decidí agacharme para tocarlas, para reconocerlas con el tacto como lo haría un ciego. Y entonces sentí que sus susurros, cálidos como labios, entraban por mi piel y ellas recobraban el tiempo perdido conforme las iba nombrando una a una, con mis ojos ya abiertos, despiertos, rejuvenecidos. Mientras, la mañana iba dibujando su primer bostezo de luz.


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