Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 27, 2019

Cabras

Se paraban en un cruce de calles. Yo era muy niño y me asustaba al verlos: de tez muy morena, casi siempre con sombrero de ala y chupa de cuero negra, a veces con bigote y perilla. Si se daban cuenta de que llevaba un tiempo observándolos, me devolvían la mirada con altivez y dureza, y yo me escondía acobardado detrás de las piernas de mi abuelo. Uno montaba el órgano y dejaba encima la gorrilla mientras el otro abría la escalera de tijera y limpiaba la boquilla de la trompeta. La cabra, resignada, mostraba en su postura y en sus ojos una mansedumbre lograda seguramente a golpes de vara. Me entristecía la docilidad del animal. No miraba a nadie de los que nos íbamos congregando alrededor del espectáculo improvisado que todos conocíamos sobradamente. Ella nos veía, pero no nos miraba. A veces quería llamar su atención con muecas, gestos o chascando la lengua, pero ningún miembro de su cuerpo se movía: se mantenía entumecida, disecada, con la mirada opaca y vidriosa en la que nos reflejábamos, deformes, los asistentes. «Niño, no molestes a la cabra», te recriminaban con su voz rota, profunda y cazallera cuando te ponías muy pesado con el animal.

Sonaba entonces la música y la cabra ascendía despacio por los peldaños hasta que alcanzaba la bandeja superior. Giraba dos o tres veces alrededor del estrecho poyo cilíndrico y, una a una, iba apoyando sobre él sus pezuñas y se mantenía un buen rato como flotando en el aire hasta que sonaban los aplausos, aplausos que la gente no sabía a quién o a qué los dirigía: si a la habilidad de la cabra, o al esfuerzo domador de los dueños, o al espectáculo en general. Yo aplaudía a la cabra, sin apartar la vista de ella, porque me solidarizaba con la obediencia y la sumisión del pobre animal. Rumiaba luego con cierta amargura, cuando el chiringuito se desmontaba y todos volvíamos a nuestras casas, en dónde viviría ella y en si la cuidarían como merecía.

Felizmente, hoy ya no hay por las calles cabras arrastradas por figuras siniestras de voz cavernosa, de tez oscura y de sombrero de fieltro negro, figuras en sombra de una España de grisalla.


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