Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 4, 2019

Almazuela

La puerta de mi frigorífico  está cubierta de imanes que hemos ido comprando en nuestros viajes y visitas a museos. Antes era costumbre traer como recuerdo de las vacaciones bibelots: flamencas sorianas, toritos marbellíes con las banderillas en todo lo alto, ceniceros con un «Estuve en Benidorm y me acordé de ti», figuras en miniatura de la Torre Eiffel o de la Estatua de la Libertad. Bibelots de corta vida porque, con la limpieza general que se hace en la casa todos los años, raro era que alguno de ellos no acabara su arrinconada existencia en el cubo de la basura.

Pero ahora son imanes. Son más cómodos, más elegantes y, sobre todo, más decorativos porque transforman el lienzo blanco de tu frigorífico, que parece un triste y frío sudario, en un vestido multicolor confeccionado con retazos de muchos lugares. A esta técnica textil basada en unir retales de distintas telas para obtener cualquier prenda de vestir o para el hogar la llaman los hispanohablantes anglófilos patchwork, término que no es necesario en nuestra lengua porque, desde hace siglos, en español, se usa almazuela, voz de origen árabe, todavía usada en muchas zonas, pero que, sorprendentemente, aunque figura en el Fichero General de la RAE, aún no ha entrado en el Diccionario de la Lengua Española. Ya tienen faena nuestros académicos para que la incluyan cuanto antes.

Pues sí. La puerta de mi frigorífico es una almazuela de imanes. Calculo que hay unos doscientos. Dan mucho colorido y vida a la cocina a pesar de estar colocados de manera caótica, porque la piedrecita del muro de Berlín sostiene al Caballero de la mano en el pecho de El Greco para que no se despeñe, y un derviche que trajimos de Turquía baila junto al retrato de la duquesa de Alba de Goya, y el busto de Nefertiti le está dando la espalda con altivez a una sonriente y tranquila Dama de Elche, y la estatua ecuestre del Cid a la entrada de Burgos cabalga sin fijarse en la Marilyn de Warhol ni en un vestido ceñidísimo de cintura que trajimos del Museo Balenciaga. Pero qué importa: ahí reside la belleza de la almazuela, en la mezcolanza.


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