Posteado por: josejuanmorcillo | julio 17, 2019

Ruido

Estamos envueltos en ruido. Desde que despertamos hasta que nos dormimos; incluso, durante el sueño, nos golpea el ruido y nos desvela. Todo es ruido. Nos hemos acostumbrado a él: el televisor encendido casi todo el día, el aire acondicionado, los vecinos que no saben hablar en voz baja, el ordenador, el móvil, el claxon disfónico de los vehículos, los gritos de los niños en la piscina, los ladridos furiosos de los perros, los motores ―malditos motores― de coches y motos y máquinas, el estridor de las chicharras, las sirenas de las ambulancias y de la Policía, la música alta e indeseable que se filtra como agua sucia por las juntas de las ventanas, el trajín nervioso e hipnótico de las gentes. Todo es ruido, y el ruido es alienante. Nos impide descansar, relajarnos, encontrar ese habitáculo interior que llevamos años sin visitar. El ruido es la antítesis de la felicidad y de la cultura humanista. Los que hemos nacido en este último siglo y medio somos seres afligidos, castigados por la modernidad y el capitalismo tecnológico, deshumanizados, cargados de basura ruidosa. Estamos tan envueltos en ruido que el silencio nos molesta. Nos molesta porque lo desconocemos; la presencia del silencio es ajena a nuestra vida y, cuando alcanzamos a sentirlo, nos incordia como un silbido agudo, como un ultrasonido insoportable.

Me vine al mar a reencontrarme con el silencio, pero conmigo han llegado miles de turistas con sus maletas cargadas de ruido. El ruido de sus ciudades ha desembocado ahora aquí, en la playa, junto al mar, que es el morir. A veces nado mar adentro para encontrar el silencio, la paz; desde allí se oyen lejanos los gritos de los bañistas, los motores de los coches, el estridor de apareamiento de las chicharras. Entonces me sumerjo y me dejo hundir hasta el fondo: siento el movimiento callado del agua, escucho la arena moverse bajo mis pies, palpo el silencio de la existencia como si estuviera flotando en el líquido amniótico de un útero inmenso. Pero fatalmente regreso a la superficie y abro los ojos, como expulsado de un parto cruel e irremisible, de un parto prometeico que de nuevo me ensucia de ruido.


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