Posteado por: josejuanmorcillo | junio 12, 2019

Villa de Noheda

Cuando comencé mis estudios de Bachillerato ―lo que antes era BUP― a comienzos de los ochenta, nos trasladamos del campo a la ciudad. La nueva casa estaba recién construida y en una calle que todavía conservaba el nombre del fundador de las JONS, un nombre muy orondo que no me decía nada. Aquella calle, que era de tierra y por la que apenas pasaban coches, era mi zona de juego; después de la merienda pasaba mucho tiempo, solo o con mi hermano, sobre ese nuevo paraíso dándole patadas a un balón o disputándoles a otros chavales del barrio sus canicas. La calle pronto pasó a llamarse «Antonio Machado» y fue asfaltada, y aunque yo seguí bajando algunas semanas más a jugar en mi paraíso ―ya negro y con olor a petróleo―, aquel alquitrán que se me quedaba adherido a las manos, a la ropa y al alma acabó por inhumar mi primera adolescencia, sepultó una parte de mi historia y también una etapa de la historia de mi ciudad. No sé si aquello me marcó de joven, pero, cuando paseo por las calles pavimentadas de pueblos y ciudades, a veces pienso en las personas que anduvieron hace siglos por el mismo sitio por el que voy, en las vivencias y en los acontecimientos enterrados bajo mis pies y que nunca se conocerán porque el tiempo ha ido cubriéndolos con sus mantos de polvo y piedra, con sus capas de alquitrán.

Hace unos años, el arado de un tractorista de Villar de Domingo García, un pueblo de Cuenca, tropezó con el pasado. Pensó que era otro sillar de piedra, pero lo que acababa de exhumar era una parte de lo que hoy conocemos como la Villa de Noheda, una propiedad inmensa (10 hectáreas) que atesora el más extenso conjunto escultórico en mármol de la Hispania romana y el mayor mosaico figurativo del Imperio. Se cree ―dicen los expertos― que esta villa supera en restos arqueológicos a la del Casale, en Sicilia. Esos mosaicos y toda la villa, con las conversaciones, las costumbres y la cotidianeidad de sus moradores, antes inhumados, cubiertos por la tierra y la ruina de los siglos, resucitan ahora en un presente que sigue siendo pasado y que desafía a la eternidad.


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