Posteado por: josejuanmorcillo | abril 17, 2019

Yamnayas

Nadie se acuerda de los yamnayas, nuestros antepasados en la Península Ibérica. Aquellos descendientes de las tribus de las estepas del este de Europa llegaron hace cinco mil años a nuestros campos con sus caballos, con sus carretas con ruedas, con su hambre de conquista, y pasaron por cuchillo a los pobres y pacíficos pastores ibéricos hasta exterminarlos. De ellos no quedó ni el nombre. Los yamnayas impusieron su ADN y su lengua indoeuropea en esta parte de Europa. La carga genética de los yamnayas y su idioma y dialectos son ahora los nuestros. Pero nadie se acuerda de ellos.

He oído a algún político, públicamente y con una fe que movía las finas telas de la emoción, agradecer a la Virgen del Rocío su intervención en el éxito de la disminución del paro, e incluso los he visto imponiendo bandas al mérito civil a la del Pilar, en la Basílica de Zaragoza, por la encomiable ayuda prestada a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Hace unos días, un político con barba califal comenzó su campaña electoral en una cueva, en aquella donde se apareció la de Covadonga, para solicitarle a la predicha amparo, fuerza y protección en la nueva reconquista espiritual y moral de esta nunca mejor llamada «Isla de conejos».

Pero nadie se acuerda de los yamnayas a pesar de que en yacimientos como el de La Bastida, en Murcia, se han exhumado restos que dan muestra del enorme valor cultural y tecnológico que nuestros antepasados impusieron en esta península europea y que evidencian una nueva era en el Neolítico temprano. Por ello, yo reivindico su memoria; desde aquí, ahora que estamos en plena campaña electoral y nuestros políticos insisten en hacer que el pasado se haga tan nítido como el presente más inmediato, rompo mi lanza por los yamnayas, por nuestros verdaderos abuelos, aquellos que nos trajeron a los campos deshabitados de la «Isla de conejos» la rueda, el caballo y el carro, que sembraron con un ADN fuerte e ibérico los fértiles cuerpos de las jóvenes yamnayas, aquellos, en fin, que trajeron hasta los confines del mundo conocido su lengua y su cultura, que es la nuestra.

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