Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 28, 2019

Alcorques

Los alcorques de mi ciudad son tristes. Son tristes y sucios. Algunos, viudos de árboles. Suelo observarlos siempre que vuelvo del trabajo o salgo a pasear, cuando la tarde desgasta la luz del día; es este el momento en el que se intensifican sus tonos apagados y terrosos, en el que se acentúa su decrepitud en los detritos no recogidos por los dueños de mascotas, en la rota y descolocada rejilla que los cubre, en la sequedad de su tierra, en la basura que se tira junto a la base del tronco y que queda ahí, huérfana y despedazada, esperando a que un funcionario de limpieza se fije en ella y la recoja con indolencia y desinterés.

Estos alcorques de aguas podridas y de troncos macilentos fueron cavados y plantados para dar un toque de vida y de color al alquitrán y al aire contaminado de las ciudades, de estas ciudades que han robado a la Naturaleza su espacio para cubrirlo de cemento y baldosas. Pero los alcorques y lo que en ellos a duras penas crece apenas tienen vida ni dan color; son como esas plantas de plástico discretamente colocadas en una rinconera de nuestra casa que solo decoran, que no incordian porque no hay que regarlas ni replantarlas, solo limpiarles de sus artificiales y apagadas hojas el polvo acumulado de semanas o meses. Qué contraste cuando voy al pueblo de mis abuelos. Allí admiro la naturalidad con la que una vecina riega con una palangana un árbol de su calle y la sencillez con la que otras sacan al portal, cuando cae la tarde, los cuidados tiestos de geranios y alhábega para perfumar y alegrar las tertulias. Son gentes que viven tranquilas porque respetan y preservan el entorno del que sienten que forman parte.

Yo veo en los alcorques de mi ciudad un reflejo de cómo somos los urbanitas. Nuestro carácter destemplado y egoísta, nuestro espíritu estresado y gris se dibujan en las plantas rotas de los parterres de parques y paseos, en el pavimento suelto y sucio de las calles, en el cieno acumulado en las bocas de las alcantarillas, y sí, en la basura y en los detritos que lentamente se descomponen sobre la tierra apagada y seca de los alcorques.


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