Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 27, 2019

Mi bar

Yo nací en un barrio humilde y obrero, muy alejado del centro de la ciudad. Los barrios obreros y humildes suelen ser periféricos porque las urbes quieren dejar claro dónde deben vivir los ricos y dónde los currantes de bocata de sardinas envuelto en papel de periódico. Cuestión de castas. De pequeño comía mucha comida enlatada y, casi todos los días, filetes de hígado a la plancha. Para más inri, el bocadillo que me llevaba al colegio era de fuagrás de tapa negra, vamos, hígado de cerdo enlatado y enlutado. Entenderán por qué llevo muchos años sin probar las vísceras de mamíferos y pasando de largo por los pasillos del supermercado que exhiben patés y conservas.

El médico me ha recomendado que baje siete kilos. «Ande usted todos los días al menos una hora», bisbiseó asépticamente mientras me tendía la mano para despedirme. Los médicos ahora te atienden con prisas porque son pocos y muchos los pacientes. Le estoy obedeciendo. Me pongo los cascos y pateo las calles, parques y paseos de mi ciudad. Siempre cambio de ruta para no aburrirme. El otro día salí tarde y se me hizo de noche, y, como la música me ayuda a pensar y a no fijarme en lo que pasa a mi alrededor, acabé sin saber cómo ni por qué en el barrio donde nací, en el portal de la que fue mi primera casa.

Vivíamos en un primero y sin ascensor. Observé que salía luz del salón y me imaginé que ahora estaría la casa ocupada por un matrimonio mayor, por eso de las escaleras. Debajo, en el chaflán, seguía abierto el bar que inauguró mi padre, pero con otro nombre y más moderno. Entré y me pedí una caña. Mientras me servían me vinieron las imágenes mías, siendo muy niño, correteando entre las mesas y los taburetes de la barra. Y, al igual que entonces, vi que los parroquianos que me acompañaban también eran gente obrera y humilde, también cabizbajos y con la mirada seria y reconcentrada en la bebida. Fue como si el pasado tendiera un puente hacia mi presente, sentí que había vuelto a mis orígenes, que había regresado a mi casa. Pero nadie me reconocía. Solo era un espectro invisible y de mirada perdida con una caña entre las manos.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: