Posteado por: josejuanmorcillo | enero 30, 2019

Pinquis

Mi abuelo, cuando llegaban los fríos, me insistía en que llevara bien tapados los pies y la cabeza. Nunca supo explicarme que la razón residía en el hecho de que casi todo el calor corporal lo perdemos por los extremos, pero mi abuelo, que era de gramática parda, que perdió su infancia entre balas y chuscos endurecidos y no entre libros, libretas y pizarras, sabía lo que sabían su padre y su abuelo, y él me lo transmitió con la misma espontaneidad con la que un profesor explica el teorema de Pitágoras: cuando haga frío, calcetines y gorro de lana. Así que, en previsión de que los hielos no nos abandonan, me he comprado unos calcetines de algodón con dibujitos de tiburones y otras especies marinas, y largos, muy largos, como esos que nuestras nerviosas y malhumoradas madres nos embutían cuando nos vestían para llevarnos al colegio. Llegué a casa y me los probé. Me miré al espejo, y ahí estaba yo: a mi edad y en la decadencia con la que me están castigando los años, con la camisa del pijama, los gayumbos de medio muslo y los calcetines a la altura de las rodillas. Ese adefesio vestido de colegial pero con cara de padre entrado en años era yo. Menos mal que no veía nadie, que no me verá nadie.

Pero la moda de ahora no es la mía. Me lo dijeron y no me lo creí hasta que lo he ido comprobando. Consiste en llevar los pantalones cortos y usar pinquis en lugar de calcetines para mostrar a todos tus sinuosos tobillos. Da igual que nieve, que te arrastre un airuzo polar o que caigan los chuzos de punta. Hay que enseñar los tobillos. Llevo días observando con detenimiento cuántos ciudadanos llevan al aire los maléolos, y, aunque este exhaustivo trabajo de campo me obliga a caminar con la cabeza gacha como un friqui con problemas de autoestima y de comunicación social, casi puedo afirmar que tanto jóvenes como adultos siguen esta moda pinqui-tobillera. Y cuando veo con espanto las ampollas y las rozaduras sangrantes que algunos sufren en la zona del talón, me siento aún más confortable dentro de mis largos, larguísimos calcetines de algodón que me abrigan hasta la corva. Qué alivio.


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