Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 10, 2018

Barberías

Mi peluquería es de las de antes. Sillón de cuero reclinable, corte de tijera y bálsamo tras el afeitado de nuca y patillas. He de reconocer que siempre que voy a mi peluquería, en el centro de la ciudad, muy cerca de donde Lorca vivió unos días pocos meses antes de su fusilamiento, me acuerdo de Antonio Machado. Un día, ya moribunda la República, cuando don Antonio entró en su barbería en el centro de Madrid, el peluquero que siempre lo trataba, viendo su aliño descuidado y poco moderno, se atrevió a comentarle: «Don Antonio, con lo que es usté, con su nombre y con su posición, ¿por qué no se compra un traje nuevo?». Machado llevaba siempre el mismo terno, lavado y planchado sin descanso; las coderas, puños y rodilleras lucían apagadamente raídas. A don Antonio no le importaba su torpe aliño indumentario. Y le respondió a su peluquero: «¿Y por qué he de cambiarlo si aún me hace uso?». Miguel de Unamuno, que tanto admiraba al escritor sevillano, lo describió con estas palabras: «Yo vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado».

Cuando me siento en el viejo sillón reclinable de cuero beis de mi peluquería me acuerdo siempre de Antonio Machado. Intento imaginarme su rostro bonachón reflejado en el espejo de su barbería, procuro intuir el tono de su voz y su conversación con el barbero y con los clientes del local. Un hombre de una excelencia inhabitual viviendo como un hombre de lo más común. Machado y Lorca se admiraban. Lorca, Machado y Albacete van cogidos de la mano. Cuando don Antonio, meses después de escribir la elegía a Lorca tras ser fusilado, tuvo que cruzar la frontera en el invierno del 39, lo acompañaban su madre, Corpus Barga y el filólogo albaceteño Tomás Navarro Tomás. Fueron ambos los que los cuidaron hasta Colliure. «Seguid, amigos, hasta París. Yo quedo aquí con mi madre hasta que se recupere». Así habló Machado, con greñas y sin afeitar, cuando sintiendo cerca los huesos y flautas de la muerte escribió: «Estos días azules/ y este sol de la infancia». Desde entonces, maestro, los días son grises y mudas las barberías.


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