Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 5, 2018

“Beatus”

 

Ninguna mañana me despierta ya el crispante zumbido del despertador, sino un concierto de aves: el arrullo suave y meloso de las palomas; el alegre y agitado trino de los gorriones; no muy lejos de mi habitación debe de anidar una pareja de ruiseñores, que apaciblemente gorjean antes de que amanezca; un verdillo canta al tiempo que mueve la cola; y, al fin, los vencejos, ágiles y hambrientos, han salido del hueco de las ventanas de las casas no ocupadas y trisan con bullicio mientras vuelan en círculo, como murciélagos diurnos, para alimentarse («Despiértenme las aves/ con su cantar suave no aprendido»). Una ligera brisa, aún fresca y salina de mar, perfumada con el aroma de las flores agrestes del monte bajo, me invita a seguir un poco más en la cama, y enterrados quedan ya, por el rebenque del olvido, el estridor de coches y el humo contaminado de la urbe («El aire el huerto orea,/ y ofrece mil olores al sentido,/ los árboles menea/ con un manso ruido»).

Antonio administra un puesto de frutas, verduras y hortalizas que él llama ecológicas porque las planta con su propia mano y las riega con el agua de su casa («Del monte en la ladera/ por mi mano plantado tengo un huerto»). Se levanta aún de noche para recoger de las plantas el género que va a vender ese día; luego riega, se cambia y va a la tienda. En una parte de su casa, en lo alto de una colina, cría también unas pocas gallinas y conejos que de vez en cuando vende vivos o bien limpios y eviscerados a aquellos que suben hasta allá con este propósito. «Llévese esta sobrasada y este salchichón caseros que hace una familia de Tibi», me dice. El género que vende Antonio sabe a campo, sabe a una naturaleza real, no fingida, que yo no gozaba desde la niñez.

Lejos de la ciudad, lejos de las preocupaciones, libre de recelos, soberbias y crispaciones, qué vida más auténtica y descansada «la del que huye el mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido». Beatus ille, feliz aquel quien, aunque solo sea temporalmente, puede disfrutar con austeridad de la tranquilidad y de la autenticidad de la vida.


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