Posteado por: josejuanmorcillo | abril 25, 2018

Pipicanes

El pipicán es un espacio habilitado por los ayuntamientos para que las mascotas meen y caguen con los otros perros del barrio y así evitar que se desahoguen por esquinas, aceras, farolas, en jardines públicos donde juegan los niños o en la rueda de mi coche. A los académicos parece no convencerles el término porque aún no ha entrado en el DLE, pero tampoco esto extraña demasiado si comprobamos que siguen en la cola de espera, de pie y pacientes, vocablos como yincana, quelícero, pedipalpo, anemocoria, aniaguero, taumatropo o el unamuniano sororidad, por nombrar unos pocos.

No solo los académicos ―a su manera, claro está― no aceptan estas zonas de sábulo y matorrales que tanto sanearían nuestras calles; muchos ayuntamientos del mediodía español han decidido dejar de construir pipicanes y cerrar los ya existentes porque son ineficaces. Será que los cuzcos no aguantan los minutos que les lleva alcanzar las cánidas letrinas o será que a los cerdos de sus dueños les resulta más rápido pasear por la meada manzana de su barrio para que sus lazarillos continúen desahogando sus aguas y manchen de palominos las baldosas que tanto nos cuesta pagar a los contribuyentes. Qué importa. Lo cierto es que los pipicanes son ineficaces porque no se utilizan, es decir, porque a los cachorros les falta mucho sentido de la urbanidad, del decoro y de la educación.

En esto veo un trasunto de nuestra sociedad. Ensuciamos lo que no debemos. Asumimos los ciudadanos que las calles son ceniceros en las que apagar nuestras colillas, escupideros adonde va a parar nuestra mala baba, papeleras donde acumular rebujos de basura y de materia orgánica. Ayer por la mañana, sin ir más lejos, amonesté desde la calle a una vecina que sacudía su alfombra desde el balcón, y los peatones, a los que les iba cayendo las migajas de porquería y pelos, tuvieron que cambiarse de acera entre insultos y maldiciones.

Nos gusta ensuciar con incivismo, con mala leche, en plan paleto. Somos ciudadana y políticamente incorrectos. Y la única forma de educar a los que nos preceden es con el ejemplo. De poco sirven las palabras.

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