Posteado por: josejuanmorcillo | abril 18, 2018

Aurelia y Agustín

El Papa denunció hace un tiempo, y con evidente preocupación, lo que él denominó «la globalización de la indiferencia». No soy hombre que acepta con los ojos cerrados las opiniones de alguien por el cargo que este desempeñe o por la posición social en la que se sitúe. Me gusta esta reflexión del Papa, y por eso la comparto con mis lectores, no porque él sea la cabeza de la Iglesia católica, sino porque lo afirmado rebosa verdad e invita a una lenta reflexión. La indiferencia ante el débil, ante el pobre, ante el desamparado, ante el enfermo, ante el discapacitado, ante el excluido, la indiferencia ante el necesitado de justicia y de caridad se ha contagiado mortalmente por todas las sociedades a las que llamamos «civilizadas», se ha globalizado amparada desde la comodidad de nuestro salón y del bienestar de nuestras existencias. Bastante tengo con lo mío para ir preocupándome por los demás, defienden en silencio nuestras conciencias.

No importan el lugar ni la fecha. Agustín, de sesenta y siete años, cuidaba de su madre nonagenaria, enferma de alzhéimer. Vivían solos, sin familiares cercanos, en un barrio humilde. Él la cuidaba con la misma dedicación como ella hizo en su día con él, como una madre cuida de su hijo. La sacaba a pasear, la llevaba al médico, le hacía la comida, la aseaba. A pesar del servicio de asistencia en el hogar que estas familias tienen asignado para ayudarlas en la limpieza y para que sean atendidas inmediatamente en caso de emergencia, nada se pudo hacer cuando Agustín falleció de manera fulminante en su casa por una insuficiencia respiratoria y su madre, por inanición, tres días después. Murieron solos y en silencio, bajo el silencio de la indiferencia. Días más tarde, los vecinos avisaron a las autoridades policiales porque percibían un olor extraño y desagradable. Cuando forzaron la puerta de entrada encontró la Policía los dos cadáveres en el suelo del comedor.

La indiferencia contra el prójimo nos aleja de la civilización y nos acerca a la barbarie. Nos deshumaniza, nos embrutece. La indiferencia es un ejercicio de violencia silenciosa y criminal.


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