Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 14, 2018

La quema

El TEDH, que es la sigla del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha contradicho desde Estrasburgo el dictamen de los tribunales españoles esgrimiendo que quemar la foto del rey de España no es delito ni una agitación que promueva ni incite a la violencia, sino, y cito textualmente, un acto que «entra dentro de la esfera de la crítica política o la disidencia», que «corresponde a la expresión de rechazo de la monarquía como institución». Por tanto, España, al condenar a los pirómanos Enric Stern y Jaume Roura a una multa de 2.700 euros por barba si querían eludir los quince meses de prisión, no ha dado ejemplo —según el dictamen europeo— ni de tolerancia ni de pluralismo en aras de alcanzar una sociedad plenamente democrática.

Habría que recordarles a los señores magistrados del Tribunal Europeo que la libertad de expresión de la que ha de gozar cualquier ser humano termina cuando este la emplea para insultar, para atentar contra el honor o para amenazar a otro congénere. No es necesario ser magistrado europeo para entender que quemar públicamente la foto de una persona no es una tradición cultural española ahora que estamos a una semana de las Fallas; recuerda a posturas fascistoides de las que creíamos habernos librado y que los totalitarismos de cualquier rincón del mundo han ejecutado para amedrentar y para condenar a muerte, de manera simbólica e incendiaria, al que era consumido por las llamas entre la algarabía pública. Habría que recordar también a los susodichos jueces que en Cataluña, y en otros lugares de nuestra pacífica nación, solemos encontrar grafitis en los que pueden leerse lindezas como «El Borbón al paredón», y que esta leyenda, que es un ejercicio de libertad de expresión, se encuentra muy lejos de los límites del «mensaje crítico desde el ángulo de la libertad de expresión» y sí dentro, y muy dentro, de los de la amenaza de muerte.

El dictamen de Estrasburgo ha sido unánime, sin discrepancias ni controversias entre los togados: la quema pública, entre insultos y amenazas, de objetos simbólicos del poder no es una incitación a la violencia, sino un ejercicio de libertad de expresión. La mecha ya está encendida.

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