Posteado por: josejuanmorcillo | enero 31, 2018

Tres anuncios

La desconfianza en el prójimo es comprensible. Los acontecimientos que vemos y oímos día tras día nos arrastran irremediablemente al aislamiento de los demás, a enroscarnos dentro de nuestro frío y deshumanizado caparazón. Las redes sociales y los medios de comunicación nos embuten el escalofrío de que la sociedad es violenta, de que nuestros hijos están en constante peligro, de que hay países que amenazan la paz internacional, de que hay asesinos donde menos te lo esperas, de que hay monstruos en internet disfrazados de piel de cordero, de que hemos abandonado a nuestro planeta en un estado de deterioro ya irreversible, de que la clase política es una mafia de sinvergüenzas, de que las Fuerzas de Seguridad son más Fuerza y menos Seguridad, de que esta vida, esta mierda de vida, no merece la pena compartirla ni vivirla. Y entonces, como gasterópodos asustados, nos encogemos y nos encerramos en nuestros metros cuadrados de hormigón y cristal para ver una serie de televisión, para empancinarnos de comida envasada o para hacer el idiota por las redes sociales.

Nuestro aislamiento de los demás nos provoca temor, y este nos genera ira, venganza, violencia y frío, mucho frío interno. Decía Eugeni D´Ors, antes de autoexiliarse de Cataluña ―ya sin apenas fuerzas para soportar el menosprecio al que lo sometían los independentistas catalanes―, que «Grecia descubría la ciudad; y precisamente porque descubría la ciudad descubría al hombre». Y comparto plenamente esta idea. La salvación de nuestra especie pasa por reaprender a vivir en sociedad, es decir, a comunicarnos cara a cara, a escuchar a nuestro vecino, a sondear en profundidad el alcance del término respeto, a pensar un poco más en los demás y un poco menos en nosotros y, cómo no, a no perder nunca la fe en un ser que sigue teniendo hambre de Verdad, ansia de Bondad y deseo de Belleza.

Este domingo fui al cine y vi Tres anuncios en las afueras. Entré con la mirada seca y aburrida y salí con el alma embriagada de esperanza; salí, sí, convencido de que la ira solo genera ira y de que incluso en un infierno siempre se encuentra un oasis de fraternidad.


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