Posteado por: josejuanmorcillo | enero 17, 2018

Machicidio

Víctor es un antiguo compañero de instituto. Trabaja en Inglaterra, pero siempre vuelve a casa por Navidad, como el turrón. Un día quedamos a comer. Charlamos durante y después de la comida sobre todo tipo de temas, y la tarde fue haciéndose lenta y cálida como un regato de arena. Le pregunté cómo veía España, si desde la distancia y el tiempo comprobaba cambios importantes de tipo social y cultural. Me contestó entonces que una de las diferencias más bruscas que ha visto en nuestro país es el de «una sociedad timorata marcada por un feminismo yihadista cuyo fin último era el machicidio, ya sabes, la eliminación en el hombre de cualquier actitud que denote masculinidad». Argumentaba sus palabras desde la propia experiencia: «Ahora debo vigilar mi tono de voz; me miran mal si me siento con las piernas abiertas o si miro sin voluntad de ofenderla a una mujer cuando voy por la calle. En España, hoy, piropear es un delito. El piropo elegante es cortesía; el grosero, ofensa». Él no paraba de hablar; yo le escuchaba, y conforme lo hacía me daba cuenta de que, en mi caso, por ejemplo, había abandonado la costumbre ―que en su día me enseñaron como norma de educación― de sujetar la puerta y cederle el paso a una mujer; o recordaba a una amiga nuestra, que ejerce como jueza, cuando me aseguró que hay hombres inocentes en la cárcel porque no han tenido un buen abogado que los defendiera ante las acusaciones falsas o desmesuradas de sus exparejas.

Yo le dije a Víctor que en España ya no se mira para otro lado cuando acontecen casos de violencia de género, que son muchos los hombres que denuncian a otros que saben que están acosando o maltratando a una mujer. «Sí, es cierto», me respondió, «pero también lo es que aquí no sois capaces de denunciar en voz alta la violencia que este paroxismo feminista os está causando porque teméis ser tachados de machistas, de que os cuelguen del cuello el sambenito y os azoten con el rebenque del descrédito público. Aquí estáis silenciados; es una castración social». Pensé luego en sus palabras. Los extremos, que nunca son buenos, nos han conducido acaso a esta situación.


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