Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 4, 2017

Aguas políticas

Las aguas de la política han de estar siempre tranquilas, sosegadas. Las aguas de la política deberían parecerse con exactitud a las de un estanque: aguas inalterables, silenciosas, pacíficas, solo interrumpidas por el suave rumor de la fuente que lo oxigena o de los reposados peces que lo habitan, peces sin prisa, sin tiempo. Si un pedrusco cayera con violencia en su centro, el caos generado rompería el equilibrio, todo se alteraría: las impetuosas ondas que surgirían del impacto llegarían hasta los extremos, se desbordarían y encharcarían los contornos; los sedimentos se levantarían del fondo y enturbiarían la claridad del agua; los peces, en pleno frenesí de huida, querrían saltar fuera del infierno en que se habría convertido su mundo, ya oscurecido, aunque tal escapada supusiese un suicidio consumado.

De niño me gustaba tirar piedras a las fuentes, a los estanques, a los lagos, a las aguas serenas. Mucha gente siente también la necesidad de romper la tranquilidad de las aguas transparentes y calladas de ciertos lugares emblemáticos lanzando contra ellas monedas o amuletos, como si una traviesa voz interior nos impulsara a ello. Nos aburre la monotonía de la paz, la armonía de la tranquilidad, y quebramos el pulcro espejo de la transparencia para deleitarnos en el espectáculo caótico de sus astillas desordenadas y violentas. Pero las aguas de la política han de permanecer limpias y cuidadas porque, cuando las rompemos, cuando las violentamos con un guijarrón arrojado con saña, levantamos el putrefacto limo de los extremismos y de la insensatez, y este se extiende al instante mezclado en las terribles y desbaratadas ondas, ya turbias, para ensuciar todo lo que alcancen.

La sociedad y los poderes del Estado deben actuar con firmeza contra los que perturban irresponsablemente la convivencia pacífica de un pueblo violando la normativa democrática vigente mientras ondean banderas de mentida libertad de expresión. La libertad de expresión de uno termina cuando con ella se insulta, se manipula, se agrede y se incita a la sedición, cuando con las piedras cortantes e incendiarias de sus discursos se hacen añicos las tranquilas aguas de la convivencia.

Ya solo queda esperar, esperar a que, una vez depurados los responsables del pandemonio, la turbiedad se asiente y regrese la calma para el bien y la paz de todos.

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