Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 6, 2017

Desencanto

El desencanto se alza como uno de los peores males que aqueja a la sociedad actual. Hablamos de un desencanto profundo, brutal, que ataca sobre todo a la población activa, aquella que se sitúa aproximadamente entre los veinte y los cincuenta y cinco años, de un desencanto que nace por la distancia entre la realidad y el deseo, entre la sociedad que se sueña y la que hay que ver y vivir a diario. Cuanto mayor vaya siendo la distancia entre ambas realidades, la utópica y la presente, la soñada y la que debemos transformar, más se acrecienta el desengaño, y este inmenso vacío espiritual, este abismo de desesperanza, suele desembocar en comportamientos que discurren desde un típico síndrome depresivo sin una aparente causa justificada hasta actitudes destructivas, como el suicidio o el asesinato.

Los artistas europeos del Romanticismo abanderaron el desencanto y se dejaron inspirar por él a la hora de elaborar sus obras; fueron los apóstoles de la melancolía. Jóvenes y apasionados, lucharon por la libertad; vivieron con intensidad y muy por encima de la moralidad burguesa y religiosa ―el superhombre nietzscheano― para lograr una sociedad más justa, avanzada y libre; bebieron, en fin, de las fuentes del desencanto, y sus aguas, vigorosas al principio, los consumieron lentamente en plena juventud, y terminaron unos dejándose morir por la enfermedad que los debilitaba, y otros suicidándose. Esta actitud tan quijotesca de vivir loco y morir cuerdo, de vivir deprisa y libre para morir derrotado por los molinos del desengaño y de la cruda realidad, la adoptarán, aunque de manera más tenue, los intelectuales que surgieron en España tras la ruina internacional en la que se enterró el país tras el Desastre de 1898. Hoy, más de un siglo después, el desengaño asfixia, como una tela de organza, el espíritu del hombre, pero es este un desencanto adulterado, contaminado, sucio, nacido de la deshumanización en la que estamos cayendo todos: el hombre actual bucea en la pantalla de plasma de sus dispositivos, en su luz azul, para huir del mundo real, de sus congéneres; el europeo de hace dos siglos se revistió de pasión y de libertad para cambiar de raíz la fealdad moral de aquella sociedad. Aquel fue un ejemplo de coraje y de defensa de la cultura y de valores éticos; este, en cambio, airea una degradación intelectual que solo nos acarreará consecuencias funestas.

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Responses

  1. Encanto y desencanto, motores de nuestras vidas.
    Buen artículo, amigo.


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