Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 8, 2017

Caminar

El paseo que comienza a escasos metros de mi casa acaricia la orilla del mar a lo largo de seis kilómetros. Por su forma combada, el paseo parece una enorme diadema de cemento y baldosas que retiene la arena de la playa en su intento natural de ganar metros hacia el interior. Salvo estas fechas vacacionales, el paseo se engalana, durante el resto del año, de un silencio y de una soledad que te envuelven en un estado de paz y de meditación; el sonido del mar y los colores del cielo, del agua y de la arena cambian camaleónicamente al ritmo de las estaciones, de tal manera que los tonos ocres del otoño o los grisáceos y oscuros del invierno distan mucho de la intensa luminosidad, casi cegadora, del verano, que lo recubre todo con tonalidades blancas y azules. El mar apenas se oye en verano, ahogado por el estridor de las chicharras y por la albórbola de gargantas que se embadurnan de aceites junto a su orilla; en otoño, en cambio, despierta con aullidos de viento, se vuelve indómito y ensordecedor en invierno, y luego, en primavera, se modera y se amansa, y te susurra cuando caminas junto a él al caer la tarde.

Caminar sin prisa es una actividad reconfortante. Relaja las tensiones, oxigena los músculos, orea los rincones oscuros de nuestro carácter y nos ayuda a pensar y a recordar. Cuando paseo, observo; observo a las personas anónimas con las que me cruzo, observo el movimiento de las olas, los pocos bañistas que se refrescan en el mar, la gaviota que, buscando restos de comida, camina sobre la arena como una barquichuela a punto de zozobrar; observo los brotes de dátiles acunados por la brisa, la parada del tranvía sin viajeros y sin tranvía, los lagrimones de óxido que ensucian la tapia de una vivienda largo tiempo sin encalar; observo mis manos y en ellas siento que estoy viendo las de mi abuela; observo un escarabajo precipitándose hacia la sombra, huyendo de la canícula; observo las pequeñas y frágiles nubes, deshilachadas y moribundas.

María Zambrano, en la línea de su maestro Ortega y Gasset, escribió en uno de sus ensayos: «Quien mira al mundo como enamorado jamás querrá separarse de él, ni cultivar las barreras que le separan ni las distinciones que le distinguen. Solo buscará embeberse más y más». Y así es. Saber mirar es saber entender, y saber entender es saber amar. Y ello está al alcance de nuestra mano; basta con caminar y con observar.

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