Posteado por: josejuanmorcillo | julio 20, 2017

Iros

«¡Si me queréis, irse!». En un arrebato de angustia y desesperación durante la boda de su hija Lolita, La Faraona inmortalizó con su voz de sangre y de trueno este grito que reflejaba, entre otros motivos, uno de los errores gramaticales más perseguidos por nuestros gramáticos y de los más sancionados en las aulas: el uso del infinitivo como imperativo. Quizás la cantaora no conocía la forma correcta (idos o íos), o quizás sí pero entonces le pareció demasiado sofisticado su uso en un contexto tan campechano y estresante como aquel templo tan chiquito en el que naufragaban en sudor, quién sabe; lo cierto es que, a día de hoy ―viva La Salvaora―, y si no hay una rectificación al respecto, la forma iros como imperativo será correcta en nuestro idioma.

Recuerdo, hace unas décadas, que muchos nos echamos las manos a la cabeza cuando los académicos decidieron incluir en nuestro diccionario normativo vulgarismos como guardilla (frente a buhardilla), términos innecesarios como decimoprimero y decimosegundo o entradas semánticas como la acepción de prácticamente como adverbio de cantidad (equivalente a `casi´). Será la presión social o la de los medios, pero no termino de comprender del todo esta prisa, prisa por aceptar el empleo de iros como imperativo cuando no la vemos en la acepción normativa de términos aún huérfanos de diccionario y que desde hace tiempo deberían estar ya reunidos y estudiados en nuestro léxico. Y permítanme ponerles algunos ejemplos de estos cientos de vocablos que siguen siendo incomprensiblemente olvidados, ignorados o rechazados por la RAE: sororidad, empleado por Unamuno en La tía Tula para referirse a la esencialidad y al carácter que las mujeres de una familia van heredando generación tras generación; yincana, que, contradictoriamente, si lo contempla el DPD; trisquel, símbolo geométrico celta formado por tres piernas o brazos en espiral (tetrasquel si son cuatro); aniaguero, quien recibe la aniaga; taumatropo, juguete óptico inventado en 1824, aunque hay indicios de su existencia en el Paleolítico; interjecciones como tachán (o chachán); o neologismos de uso pleno en nuestro idioma (táper, guásap/guasap, yutúber…). La lista de los olvidados y su análisis diacrónico darían para un libro. Vaticino que no tardaremos en atestiguar la entrada en el DLE de formas como andé por razones similares a las que han empujado a los académicos a aceptar iros como imperativo. Demos esplendor, limpiemos y fijemos nuestra lengua, la segunda más usada en el mundo, y hagámoslo con responsabilidad y altura de miras.

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