Posteado por: josejuanmorcillo | junio 21, 2017

Escribir

¿Por qué escribir? Porque esta noche no soporto el peso oscuro de la sombra, ni la música estridente del vecino de abajo, ni los llantos inconsolables del niño del sexto, ni los programas absurdos de la televisión en prime time, ni el silencio de la casa. Porque esta mañana, muy temprano, cuando salí del portal camino del trabajo, vi gente de mi barrio con los ojos hundidos en las baldosas sucias y rotas de la calle engrosando la cola del paro; otros, arrastrando su pereza en dirección al inerte asiento de la oficina; otros, los menos, yendo a recoger a su hijo para llevarlo al colegio; y otros, refugiados en su bar habitual, hojeando el periódico del día y sorbiendo como gorriones su humeante café, acompañados por los habituales de barra, compañeros matutinos de esa ritual y silenciosa cafeína. Porque siempre me cruzo con las mismas personas por las mismas aceras de las mismas calles, calles por las que todos los días coincido, en dirección contraria, con una mujer que me observa disimuladamente y a la que observo disimuladamente, y a los dos, fieles a la discreción social, se nos dibuja una sonrisa de complicidad que grita desde el silencio de las pupilas «hola, qué tal, no sé cómo te llamas, me gustaría saber tu nombre y a qué te dedicas, si tienes pareja y si tienes hijos, algún día quizás me atreva a decirte «hola» por educación, porque estamos aquí todas las mañanas, tú hacia tu trabajo y yo hacia el mío». Porque, esta tarde, el reloj de mi mesita de noche se ha detenido para siempre exactamente a las 19.09. Porque aún veo personas necesitadas de trabajo, de dignidad, de educación y de pan que se sientan en las repugnantes y meadas aceras de la ciudad levantando sus manos y pidiendo una pizca de caridad a viandantes con prisa, ciudadanos de frente angosta y alta que no encuentran alivio para la ansiedad que les provoca su existencia gris, hipócrita y burguesa. Porque esta noche, mientras me fumaba un cigarro en la terraza de mi cocina, he observado la soledad de la fachada norte del ayuntamiento, decadente y desconchada como la piel de un animal sarnoso. Escribir, sí, para dar testimonio de que se ha existido y de que la vida dura quizás lo mismo que este nuevo cigarrillo que me estoy acabando mientras la noche emponzoña a todos los durmientes con su invisible y tóxica organza como un velo de sopor y de luto.

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