Posteado por: josejuanmorcillo | junio 7, 2017

Juan Goytisolo

Durante las polvorientas y asfixiantes semanas veraniegas que pasaba en el chalé familiar, rodeado de manzanos, avispas y de un par de hectáreas de tierra de secano, leía, siendo adolescente, lo que caía en mis manos, ya fuera el último premio Planeta, algunos números de Los Cinco o incluso una modesta enciclopedia de apenas siete tomos cuyas páginas hojeaba con la misma asepsia con la que estas habían sido redactadas. Rara vez bajaba a la ciudad y, cuando lo hacía, aprovechaba para sacar prestados algunos libros de la Biblioteca Municipal. Uno de aquellos veranos, a mis dieciséis años, me quedé fascinado con la técnica narrativa que descubrí en Cinco horas con Mario y con la densidad y pulcritud expresiva de Juan Goytisolo en Señas de identidad.

La lectura del libro de Goytisolo no fue sencilla a aquella edad, y tuve que releer algunas páginas, diccionario en mano, para entender no solo términos que desconocía sino la plasticidad que se lograba con su uso. Recuerdo el fogonazo interno que sentí cuando llegué al capítulo tercero. Comienza así: «No se te olvide nunca: en la provincia de Albacete, siguiendo la comarcal 3212, a una docena de kilómetros de Elche de la Sierra, entre el cruce de la carretera de Alcaraz y la bifurcación que conduce al pantano de la Fuensanta, se alza a la derecha del camino, en medio de un paisaje desértico y árido, una cruz de piedra con un zócalo tosco RIP AQUÍ FUERON ASESINADOS POR LA CANALLA ROJA DE YESTE CINCO CABALLEROS ESPAÑOLES. UN RECUERDO Y UNA ORACIÓN POR SUS ALMAS». Pocas veces se habló en mi casa de la Guerra Civil. Creo que o no se sabía o no se quería saber, que era peor. El capítulo tercero de Señas de identidad gira alrededor de la construcción del pantano de la Fuensanta hacia 1934 y de los ajustes de cuentas que el cacique de la comarca tomó contra unos campesinos que, padeciendo hambre y penurias, talaron algunos pinos para vender su madera. En 1936, y antes del estallido de la guerra, fueron fusilados varios de estos aldeanos, y los verdugos luego acabaron en el paredón tres años más tarde, en 1939. Las luminosas páginas que leí entonces de Goytisolo me abrieron una ventana en el tiempo desde la que pude comprender e imaginar cómo era la comarca en la que vivieron mis antepasados paternos. Por ello, al maestro Goytisolo le debo algo más que esta pasión por leer y escribir.

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