Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 24, 2017

Roberto Blanco

Cuenta Neruda en Viaje al corazón de Quevedo que Lorca, en su misión pedagógica de llevar el teatro de nuestros clásicos por los pueblos de España, llegó con La Barraca a Villanueva de los Infantes. Mientras se montaba el escenario, Federico paseó por la calle principal hasta una ermita que se hallaba casi a las afueras del pueblo. Entró en ella y, por casualidad, junto al altar, se percató de que estaba de pie sobre una tumba. Con la mano iba limpiando de arena y suciedad la inscripción de la lápida y comenzó a leer: «Aquí yace don Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago…». Neruda recuerda que a Lorca le produjo tan honda desazón el hecho de que el gran poeta español de todos los tiempos estuviera enterrado en una ermita olvidada de un pequeño pueblo bajo el peso del silencio de los siglos que fue incapaz de representar aquel día sobre el escenario de su compañía ambulante.

España no suele ser buena nodriza con sus escritores e intelectuales. Y, si no lo es con los suyos, ocasionalmente reconoce la labor de aquellos que, desde otros países, fomentan nuestra lengua y nuestra literatura. El dramaturgo cubano Roberto Blanco (La Habana, 1936-2002), asesor del Ministerio de Cultura y presidente del Comité Cubano del Instituto Internacional del Teatro ―entre otros cargos―, es uno de esos nombres que hay que escribir con mayúscula en los libros de las artes escénicas. Su magisterio como docente, como director de escena y también como actor fue decisiva en la formación de decenas de dramaturgos y artistas escénicos en Cuba. Como actor destacó por su naturalidad, sin afectación en la interpretación, y por el prodigioso dominio de los personajes que representaba; como director, y de la mano de su compañía Teatro Irrumpe, adaptó, con gran éxito y técnicas innovadoras, obras de Chéjov, Goldoni, Tennessee Williams, Cervantes, Lope de Vega, Valle Inclán y, sobre todo, Lorca. De este, además de Doña Rosita la soltera y de Mariana ―adaptación prodigiosa de Mariana Pineda―, es memorable la puesta en escena de Yerma junto con la Danza Nacional de Cuba, representación con la que demostró una indudable comprensión de la literatura lorquiana al crear un espectáculo total de música, danza y texto.

Roberto Blanco supone un ejemplo de seria profesionalidad y entrega total en el ámbito de las artes escénicas. Ojalá que su nombre y su magisterio no sean borrados por la fría lima del tiempo.

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