Posteado por: josejuanmorcillo | abril 28, 2017

Libertad de pensamiento

Hace ahora cien años, Petrogrado, la actual San Petersburgo, que pasaba por uno de los inviernos más duros, con temperaturas bajísimas, y que sufría las consecuencias de la I Guerra Mundial ―aún no acabada―, padeció una fatídica hambruna: miles de familias apenas podían llevar a casa un mendrugo de pan y  otros tantos niños y ancianos morían de inanición y frío. Hartos de las ominosas condiciones en las que vivían, cien mil trabajadores fueron a la huelga, y a esta siguieron más. Nicolás II, que se encontraba entonces en el frente, inquieto por las revueltas, ordenó a sus cosacos ―los soldados más fieles al zar― sofocar las revueltas con violencia. La orden era clara: hacer fuego contra la multitud para amedrentar a los sublevados. Fue el 25 de febrero de 1917. Decenas de miles de rusos, entre los cuales había mujeres, ancianos y niños, de pie con pancartas que rezaban «Libertad o muerte», se colocaron frente a los cosacos, armados y a caballo. Pero estos, a pesar de la orden de disparar que se les impuso, no lo hicieron, no pudieron asesinar a balazos a la muchedumbre desarmada, enferma y famélica que pedía más dignidad en sus condiciones de vida porque en esas mujeres y en esos niños veían los cosacos a sus propias madres y hermanos. Cuatro días después, y con la amenaza de un consejo de guerra sobre sus cabezas, algunos soldados ejecutaron la orden y murieron unas cincuenta personas. El resto del ejército se amotinó y se rebeló frente al zar. Este, alarmado, tomó el primer tren para Petrogrado, pero los soldados sublevados le cortaron el acceso a la ciudad, Nicolás II quedó atrapado en su propio tren y fue obligado a abdicar. Acababa de comenzar la Revolución rusa, y una de las primeras medidas que se adoptaron fue la alfabetización de los ciudadanos; el pueblo tenía sed de aprender, tenía hambre de cultura, porque en ella veían el camino para sentirse por fin libres. En cuestión de meses, quizás semanas, lo habitual era ver por las calles de Petrogrado a gente con libros bajo el brazo, leyendo en cualquier rincón de la ciudad.

La lectura, la cultura y el pensamiento libre son las armas más poderosas para hacer frente al abuso, a la tiranía y a la corrupción. Hoy se habla mucho de la libertad de expresión, pero no se menciona apenas el hecho de que el poder establecido está amputando, lenta y silenciosamente, la libertad de pensamiento de millones de ciudadanos.

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