Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 22, 2017

Dedicatorias

Pocas veces el lector conoce la íntima relación del escritor con aquel al que ha dedicado su libro o alguno de sus poemas. Podemos encontrar datos sobre esa persona que ha pasado a la inmortalidad por figurar al comienzo de una obra literaria, pero sería una labor infructuosa tratar de descubrir los impulsos afectuosos que empujaron al autor a encabezar su poema con el nombre de ese amigo o conocido.

Esta semana me he empapado de la poesía de Lorca. Siempre lo tengo cerca, siempre descansa su obra completa en las baldas más accesibles, cerca de mis manos, al alcance de mi voz. He releído los versos de su Romancero gitano con las manos heridas de penas, sedientas de canciones redondas, hambrientas de soledades, huérfanas de trenzas y de lunas. He acariciado de nuevo el poema «Reyerta», esas navajas de Albacete que lucen de sangre contraria, esos fúnebres ángeles negros que aparecen trágicamente y rodean en duelo al asesinado portando pañuelos y agua de nieve, ángeles «con grandes alas/ de navajas de Albacete», ángeles que vuelan por el aire caliente de esa tarde loca de higueras, ángeles «de largas trenzas/ y corazones de aceite».

Un nombre aparece escrito al comienzo del poema: Rafael Méndez. A él está dedicado. Busco información sobre él y encuentro que este murciano, gran aficionado al flamenco y al mundo gitano, que fue alumno de Ramón y Cajal primero y luego de Juan Negrín, catedrático de Fisiología ―quien marcó su carrera profesional―, vivió unos años en la Residencia de Estudiantes, donde entabló una sincera amistad con Severo Ochoa, con Buñuel y, sobre todo, con Lorca, con el que compartió calabozo tras una noche de juerga y de trifulca en un cabaret de la calle Alcalá. Encuentro que este murciano, que se burlaba en clase del anciano Ramón y Cajal cuando sin darse cuenta se guardaba en su bolsillo del pantalón el trapo de borrar la pizarra, fue durante cuatro años investigador en la Universidad de Harvard y acabó trabajando en el Instituto Nacional de Cardiología de Méjico, donde alcanzó su fama internacional en farmacología cardiovascular. He encontrado una foto suya unos años antes de su fallecimiento; se le ve de perfil, de barbilla recta y frente despejada, y con una mirada larga y honda que parece albergar historias inconfesables y sentimientos inefables. Fue a él a quien dedicó Lorca su «Reyerta».

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