Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 1, 2017

Pedales

Padecer cáncer no es una batalla de la que salimos vencedores o vencidos, ni tampoco una guerra durante la cual sufrimos derrotas si hay recaídas ni victorias cuando limpiamos nuestro organismo de células cancerosas. Estoy de acuerdo con la postura que defiende un grupo de psicooncólogos según la cual no es aconsejable utilizar un lenguaje bélico ni militar ―excesivamente estresante― para referirse a la actitud que deberían asumir los enfermos de cáncer porque, en efecto, estos pacientes no son héroes ni soldados, ni son vencedores de una lucha a vida o muerte, sino personas que sobrellevan, día a día, una enfermedad que puede resultarles interminable, agotadora y desmoralizadora.

Siempre me he figurado la larga curación del cáncer como una subida en bicicleta de un puerto de montaña de categoría especial. Los profesionales aseguran que, cuando desde abajo, desde el comienzo de la subida, el ciclista mira la cima y la larga carretera sinuosa, y con angustia calcula la inclinación de los eternos kilómetros que restan, el ánimo y las fuerzas flaquean. Para llegar a la cima hay que fijarse en la carretera, dosificar las fuerzas, pedalear sentado o de pie y a un ritmo suave y sacrificado, pero no extenuante. Así podremos llegar, aunque no todos; un pinchazo, una avería, un accidente o una pájara descomunal nos pueden dejar en la cuneta y fuera de carrera. A mí me tocó subir uno de estos puertos, con veintisiete años; entonces era profesor universitario y estaba a punto de ocupar mi plaza como titular de Lengua y Literatura españolas. Y asumiendo el planteamiento senequista y quevedesco de que todos somos condenados a muerte desde el mismo momento en que nacemos y de que esta, la muerte, es el final común con el que tarde o temprano tropezaremos y de que hay hacerlo con serenidad y resignación, respiré hondo, me levanté sobre el sillín y pedaleé varios meses sin ser consciente de los kilómetros que iba recorriendo ni de los que aún me esperaban. Yo llegué, y desde entonces bajo el puerto dejándome llevar por la inclinación, respirando honda y abundantemente la luz que me rodea y aprendiendo a mirar con unos ojos nuevos la nueva vida que voy encontrando tras la cima que pensé que nunca alcanzaría. No somos héroes, pero recordad que hay que pedalear para avanzar, para llegar a las curvas y trazarlas con los dientes apretados y con la sonrisa que nace de tu confianza y de tu determinación.

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