Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 8, 2017

Activismo

Nuestra sociedad actual está enferma; languidece muy deprisa y, si no se aplican curas urgentes y medidas paliativas, este cáncer silencioso acabará por consumirnos. Las células cancerosas nacen sobre todo de la enorme desigualdad social; cada año aumenta la distancia entre los ricos ―que suman tan solo el uno por ciento de la población― y el resto, y este desajuste inhumano lo sufren con especial virulencia los más desfavorecidos. Ante esto, los Estados no hacen apenas nada, porque la connivencia entre el poder y la riqueza ya es un hecho indiscutible: a los que dirigen el poder, cuyos partidos son amamantados por empresarios y banqueros, les interesa que esta situación no cambie y amedrentan a los ciudadanos, que son los que soportan el inhumano peso de la deuda de bancos y gobiernos, para que se queden en sus casas y no protesten.

¿Cómo evitarlo? ¿Cómo impedir que la sociedad se haga fuerte y proteste? Con tres armas silenciosamente destructivas: convertir a los ciudadanos en consumidores desinformados que compren compulsiva e irracionalmente, bombardeándolos con una publicidad engañosa que les ofrece una imagen del bienestar fundamentado en el despilfarro, en convertirlos en un rebaño descontrolado que emplee su tiempo libre no en actividades culturales, sino en llenar grandes almacenes e imponentes centros comerciales; en segundo lugar, procurando que los ciudadanos nos enfrentemos, nos odiemos cada vez más por motivos ideológicos, culturales, religiosos o sociales, y así lograr la desunión y el descrédito de lo público, fortaleciendo una educación y una sanidad privadas en detrimento de las públicas; finalmente, empleando el arma más poderosa: el miedo. El miedo a protestar y que seas procesado por ello; el miedo a perder tu estabilidad laboral y económica; el miedo al vecino, que puede ser un pederasta, un terrorista o un maltratador; el miedo a los que vienen de otros países, de otras culturas, de otras religiones. El miedo desune, dispersa, destruye la solidaridad y nos lleva a la desconfianza del prójimo y, consecuentemente, al individualismo, a enroscarnos como caracoles en nuestro caparazón con la única compañía de nuestros dispositivos móviles con los que accedemos a grupos sociales y muchas veces bajo identidades falsas.

Solo el activismo y la movilización social pueden cambiar esto: las grandes conquistas sociales se lograron así, mediante la unión de todos contra la injusticia.

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