Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2017

No sé nada

No lo sé. Yo no sé nada. Se sientan en el banquillo, frente al juez, acusados de delitos que se pagan con la cárcel. Pero ellos no saben nada. Nunca supieron lo que estaba ocurriendo. Ni ellos ni sus esposas, que bisoñamente estampaban su nombre en cualquier documento que sus maridos colocaban sobre la mesa de la cocina mientras se tomaban el desayuno. Sus firmas en papeles comprometidos las rubricaron sin tener conciencia de lo que se hallaba escrito, en negro sobre blanco, bien clarito y sin borrones. No saben o no recuerdan estos políticos-empresarios de dónde procedía el dinero negro que ingresaban en sus cuentas en Suiza, ni cuándo cargaron sus coches de billetes y de lingotes de oro, ni los empresarios a los que favorecieron a cambio de comisiones. No lo sé, señoría, no recuerdo nada.

Bunhilda Pomsel tampoco sabía nada. Fue secretaria personal de Goebbles, la mecanógrafa que redactaba los documentos personales del ministro nazi, la que escuchaba conversaciones entre miembros del Gobierno alemán, la que vivió los últimos días de vida y el suicidio de su ministro y de Hitler en el búnker construido bajo la Cancillería, pero ella, antes de morir hace unos días a la edad de ciento seis años, insistió en que no sabía nada de las medidas adoptadas por su partido para exterminar a los judíos, no sabía nada ella ni ―insistía― nadie que vivió en la Alemania del III Reich. Murió tranquilamente en la cama de su habitación de un asilo de Múnich, con la conciencia tranquila de no haber roto el juramento de fidelidad que en su día pronunció al incorporarse al partido nazi y frente a su ministro. Ella no sabía nada; nadie sabía nada.

Está claro que aquí nadie sabe nada, como el niño que se ha comido la tarta que estaba sobre la mesa de la cocina y, con la cara manchada de nata, mira a su madre y le asegura que él no ha sido, que él no sabe nada. Esto es lo que viene siendo habitual en los últimos años: cometer un delito y, si te pillan, enlazar las manos en la espalda y con voz y gestos estudiados asegurar y jurar que no entiendes lo que ha sucedido, que tú no sabías nada. Qué socrática e inteligente se nos ha vuelto el hampa: solo sé que no sé nada, señoría, y si usted me manda a prisión, viviré cuando salga de lo que usted no sabe que tengo yo, porque usted no sabe nada, como yo, señoría.

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