Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2017

Cartularios de Valpuesta

Para los no iniciados, un cartulario, también llamado «libro becerro» o «tumbo», era un códice medieval, escrito en monasterios, en cuyos pergaminos los monjes anotaban la relación de sus privilegios y pertenencias, las dádivas y testamentos que recibían así como las ganancias que obtenían de la venta de los productos que elaboraban o de otros bienes. La iglesia-monasterio de Santa María de Valpuesta se encuentra entre Burgos y Vitoria, muy cerca de Miranda de Ebro, en el nordeste de la provincia burgalesa. Fue sede episcopal desde su fundación (804) hasta el s. XI y centro de aquella primera Castilla que se extendía hacia el Sur no más allá de los montes de Oca, como recuerdan los versos del Poema de Fernán González («Entonces era Castiella un pequeño rincón,/ era de castellanos Montes de Oca mojón»). En aquella época, por tanto, Valpuesta fue para Castilla lo que San Millán para La Rioja o San Juan de la Peña para Aragón, y ello explica que bajo sus piedras fueran enterrados los primeros miembros de familias nobles como los Velasco, los Angulo o los Salazar.

A principios del s. IX, en el norte peninsular se seguía hablando latín, pero un latín distinto, con muchas variantes con respecto al culto y literario; era, por tanto, un latín muy dialectal, y sus rasgos diferenciadores se fueron acentuando progresivamente al ser usado, generación tras generación, por el pueblo, analfabeto, o por gente con escasa formación cultural, como era el caso de algunos monjes. Uno de ellos, que vivía en el monasterio de Santa María de Valpuesta a mediados del s. IX, fue escribiendo en pergaminos la relación de donaciones que recibía la comunidad, y en su latín dialectal, descuidado, escribió kaballos en lugar de caballi, o fresno, piele, cuenca o madera en vez de fraxinum, pellem, conca y matera. Son estas las primeras palabras del castellano, muy anteriores a las encontradas en las glosas emilianenses a finales del s. X y durante la centuria siguiente. Los cartularios de Valpuesta, conservados durante siglos en el Archivo Histórico Nacional y que solo despertaban la curiosidad de paleógrafos e historiadores, atesoran, por tanto, la primera documentación escrita de aquel débil dialecto del latín y que hoy es ya la segunda lengua más hablada en el mundo. Los grandes ríos nacen, a veces, de humildes y discretas fuentes.

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