Posteado por: josejuanmorcillo | enero 4, 2017

Necroturismo

Ha sido un amigo quien me ha invitado a pasar estos días en su pueblo, el Puerto de Santa María, en la provincia de Cádiz. «Por su puesto que iré», le dije, «y lo primero que haré nada más llegar será entrar en el cementerio y visitar la tumba de Alberti, con la bahía a sus pies». Él no terminó de entender que lo que más me ilusionaba, por encima de los palacios señoriales, del puerto y de los pescaítos, era visitar al poeta gaditano, sentarme junto a su tumba, recitar «Si mi voz muriera en tierra» y conversar brevemente con él. Pero al final acabó por comprender esta pasión que llevo conmigo y a la que muchos ya llaman necroturismo.

Los cementerios que albergan los restos de personajes relevantes para la cultura poseen una fascinación y una atracción singulares. Hace algo más de veinte años viajé a Estados Unidos, y, al llegar a Washington, la ruta turística incluía la visita al cementerio militar de Arlington: bosque casi infinito de cruces blancas, bajo cuyo silencio inviolable de mármol y de eternidad yacía una parte sustancial de nuestra Historia, millones de vidas sacrificadas para salvar a la humanidad del caos y de la barbarie. Quien ha viajado a Egipto ha podido conocer personalmente que aquel poderoso imperio de la Antigüedad estaba impregnado por una riquísima cultura funeraria que giraba alrededor de los faraones y que alcanzaba todas las artes. Sin ir tan lejos, al cementerio de Alicante me acerco casi como un peregrino para limpiar la tumba de Miguel Hernández, llevarle flores y hablar con este extraordinario poeta que hizo de su vida un ejemplo de coherencia ideológica y cultural. Más grave es el silencio que exhuma la lápida de Miguel de Unamuno, en el cementerio de Salamanca, un silencio meditabundo y austero, como el que compartía con Pío Baroja cuando salían a pasear por el parque del Retiro: se saludaban ― «Don Pío». «Don Miguel»― y ya no se dirigían la palabra las dos horas que duraban las caminatas, de las que nacieron muchos párrafos para sus novelas. Visité Soria y la tumba de Leonor; visité Collioure y me embargó la emoción frente a la lápida de don Antonio mientras recitaba alguno de sus poemas. Todo pasa y todo queda, mi querido maestro.

Hay empresarios que han encontrado en el necroturismo un filón de oro; para ellos es ocio de calidad y nada masificado que ayuda a preservar el cuidado de los cementerios. De esta tendencia leí hace poco un eslogan brillante: «Un turismo con un futuro de muerte». De eso no cabe ninguna duda.

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