Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 28, 2016

Libros fríos

Conservo una imagen vaga de Julián, pero lo suficientemente clara como para recordar que, cuando aquel diciembre llegaba a su fin, quiso recibirme en su despacho. La cara se difumina en la niebla de los años, pero lo sigo viendo alto y delgado, de voz grave y verbo pausado, de pelo negro y gafas madrugadoras, y fumaba con tanta solemnidad que parecía que el humo condensaba y amalgamaba sus pensamientos. Era catedrático, especialista en lenguas clásicas y semíticas, traductor de la Biblia, y gracias a nuestras largas conversaciones me adentré en los dédalos de la cábala, en el inabarcable horizonte de las interpretaciones bíblicas y supe de los errores de traducción que zanganean en la Vulgata y que se han conservado a lo largo de los siglos en las versiones vernáculas. Aquel día abrió la puerta con su sonrisa cordial, y, una vez dentro, me señaló una pila de libros que descansaban sobre su mesa de estudio y me dijo, con unas palabras húmedas de nicotina rancia, que eran míos, que me los regalaba, que había decidido deshacerse de los que ya había leído. Todos los años elegía a un compañero de docencia, y aquel diciembre me escogió a mí. Mi incredulidad lo animó a insistir en que me los llevase todos, pero por discreción solo tomé unos pocos. «Gracias. Los otros ya los tengo, Julián», mentí. Algunos años más tarde supe que aquel profesor vació las baldas de su biblioteca, se deshizo de sus libros como el que va dejando caer al suelo las piedrecitas que mantiene apretadas y calientes en la mano. No le quedaba mucho tiempo de vida y su deseo fue compartir sus libros con la gente más cercana.

Hoy, veinte años más tarde, confieso que aún no los he leído; permanecen en una de las estanterías de mi biblioteca, quietos y callados. No me siento aún con el ánimo de sacarlos de su letargo, de abrirlos y de recorrer las páginas que un día pasaron los dedos amarillos y cansados de ceniza de Julián. Hoy ―y ya que estamos de confesiones― admito que, a veces, regalo algunos libros de mi biblioteca, y no necesariamente a finales de diciembre; lo hago porque siento que ya no son míos, que no forman parte de mi existencia, que estarían más cómodos descansando entre los libros de otra balda de otra biblioteca. Son esos libros para mí como las frías fotos de álbumes que ya no te interesan y que ni siquiera te emocionan. Quizás por ello aún no me atrevo a abrir los libros que tomé regalados de la mesa de estudio de mi compañero.

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