Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 21, 2016

Navidear

Unos grandes almacenes han ideado una acertadísima campaña publicitaria para estas fiestas navideñas. Ha sido diseñada sobre la base de dos principios: elaborar un mensaje breve, contundente, atractivo y de fácil memorización; y, por otro lado, vigorizar lo que muchos llaman el espíritu de la navidad, que no es más que el hambre consumista que a los ciudadanos ―como perros de Pavlov― les sobreviene cada vez que oyen campanas de trineos, villancicos interpretados en todos los géneros musicales, o cada vez que sus ojos son bombardeados con irritantes lucecitas parpadeantes que duran más que el conejito de Duracell, con interminables anuncios de publicidad en cualquier medio de comunicación o con las soporíferas decoraciones de calles, establecimientos y balcones. Salivamos y nos echamos la mano al bolsillo para comprar, para consumir, para gastar más de lo deberíamos.

El mensaje comercial al que aludía más arriba lo forma una sola palabra, un verbo creado con mucho acierto por el equipo de publicidad: navidear. Insisten en que hay que navidear, y lo aplican en todos los contextos consumistas imaginables. Navideemos «empezando a pensar qué regalar este año» o «poniéndote en forma también en estas fechas»; navidear es comprar «los juguetes que cobran vida», «decorando el árbol hasta que no se vea el árbol» y «mostrando la esencia de la navidad en cada detalle». Una buena idea de navideo es regalando libros, que son «emociones en cada página», o sorprendiendo con un perfume «envolviéndote en un aroma único». La gastronomía es un condimento esencial en el espíritu navideño, y se nos invita a navidear «enviando una felicitación… o, casi mejor, un jamón», «con vino blanco de primero, de segundo tinto, ¡y de postre cava!», «probando todos los dulces de la bandeja» o «preparando con los tuyos el roscón de reyes». Y, para que estas fechas sean perfectas, «navidea empezando el año en un lugar diferente», vamos, que lo mejor, después de haber comprado el árbol y las bolitas, de haberte dejado medio sueldo en inútiles regalos de compromiso y de haberte puesto como un lechón empancinándote hasta explotar, lo mejor, digo, es hacer el petate y salir por patas unos días con tal de perder de vista a ciertos comensales indeseados y, de paso, dejarlos bailando al ritmo de esos villancicos que suenan dentro de los gorros navideños que se venden como churros en los chinos. El neologismo es atinado, pero no me encuentro entre sus feligreses.

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