Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 16, 2016

Nardos

No es la primera vez que, en el trayecto de casa al trabajo ―sobre todo los días en que me siento ágil y animado―, se me cuela de manera inesperada una canción y ya se me queda en las neuronas varias horas e incluso días. Lo que no deja de sorprenderme no es el insolente hospedaje de la letra y de la música en vaya usted a saber qué alcoba de mi cabeza, sino el dato de que estas piezas suelen ser pasodobles o fragmentos de zarzuelas, géneros musicales que, con todos mis respetos, no son santos de mi devoción. ¡Qué abismos quedan por descubrir en nuestro inconsciente! Llevo un par de días con los nardos de Sarita Montiel echando raíces en mi materia gris: «Lleve usted nardos, caballero, si es que quiere a una mujer. Nardos no cuestan dinero y son lo primero para convencer». Y como los nardos no se me secan por mucho empeño herbicida que le ponga, he decidido mantener la serenidad y hacer de mi enemigo un aliado. Por lo tanto, he emprendido la tarea de seguir el perfume con el que esta flor ha impregnado las páginas de algunos libros.

Antes que nada, no está de más recordar que el nardo, que atesora la propiedad de seguir emanando sus efluvios aromáticos aun dos días después de ser cortado, embriaga con su irresistible perfume las voluntades, lo que explica que durante el Renacimiento fuese una flor prohibida para las jóvenes. Dejo a un lado la simbología fálica y sexual de esta flor en los versos de Lorca («¡Oh mujer potente de ébano y de nardo!/ cuyo aliento tiene blancor de biznagas») y de Miguel Hernández («Una paloma sube a tu cintura,/ baja a la tierra un nardo interminable») y me voy a la Biblia. En el Cantar de los Cantares, la novia, embriagada de amor, confiesa: «Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su fragancia./ Bolsita de mirra es mi amado para mí, que reposa entre mis pechos» (1, 12-13). Y en su evangelio, san Juan recuerda que, cuando Jesús fue a Betania a visitar a Lázaro ―el resucitado―, la hermana de este, María, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume» (12, 3). Ungió sus pies con perfume de nardo y los secó con sus cabellos, y la casa se impregnó de su fragancia. Con las palabras exactas y con un estilo claro y sencillo, cuánta belleza, cuánta dulzura, qué escena más embriagadora. Mis nardos ya no son los de la Montiel.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: