Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 30, 2016

Soria

Soria era una visita necesaria. Urgente. Es difícil sentir con plenitud la prosa de Bécquer, los versos de Antonio Machado y de Gerardo Diego o las descripciones del Cantar de Mio Cid sin conocer la ciudad y los paisajes sorianos. Si me permiten una comparación, imaginen por un momento el gran vacío emocional que puede sondarse en un enamorado de la cultura clásica greco-latina que no hubiese estado en Atenas o en Roma o en Pompeya. Un íntimo amigo mío ―al que le dedico este artículo― me recomendó que antes y durante la visita leyese el libro Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, de Avelino Hernández ―«Un clásico de la literatura castellana y española», en palabras de Julio Llamazares―. Y así hice. Y no me defraudó. Sus páginas están escritas pensando en un libro de viajes, pero lo que hace extraordinaria esta obra es que toda ella está impregnada de Historia, de folclore, de literatura, pero, sobre todo, de esencialidad: conocer lo que nos rodea es amarlo, y amarlo en su esencia es comprenderlo desde dentro.

Hace unos días, por fin, entré en Soria. Crucé su muralla, paseé por sus calles y por su alameda junto al Duero, sentí su silencio de piedra y verso, y disfruté de la apacibilidad de sus gentes. Me impresionó descubrir en las páginas de A. Hernández que Soria fue destruida por el rey de Navarra en 1196, la asolaron los aragoneses en 1224, Alfonso IX la sembró de sal en 1328, don Enrique la devastó treinta años después, los franceses luego la quemaron, y que en 1429 fue reducida a ruinas por los soldados de Aragón. Posteriormente, como una nueva Numancia, férrea e inmutable, volvió a levantar cabeza, pero los Austrias la demolieron para que no gobernasen los Borbones, y con Napoleón fue destruida para echar al invasor galo, y aún hubo de sufrir algún destrozo más a mediados del s. XIX. Ciudad heroica, sin duda; invencible, pero subyugada por tanta herida. Y todo ello es lo que hace de Soria una villa admirable, recoleta y sencilla, en cuyas piedras y agua se perciben el peso de la Historia, el rumor del silencio, la emoción contenida de los escritores que en ella vivieron, amaron y sufrieron. Soria es esencialidad, en ella leemos el lento transcurso de los siglos, la paciente caricia del Duero y el sueño de sus álamos. Regresaré a ella, no sé cuándo, quién sabe si más ligero de equipaje.

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