Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 22, 2016

Libros prohibidos

Leo que el Departamento de Justicia Criminal de Texas (EE. UU.) ha publicado una lista en la que se señalan los aproximadamente quince mil libros que están prohibidos en las bibliotecas de sus cárceles. Los impulsores de este moderno «Índice de libros prohibidos» escudan su decisión con el argumento de que, para evitar altercados entre la población reclusa y para acelerar su rehabilitación, se censuran todas aquellas publicaciones con referencias sexuales, en las que se mencionen organizaciones criminales o se detallen tácticas bélicas o de fabricación de armas. Muchos de los censores que han elaborado tal esperpéntica lista negra no han acabado sus estudios secundarios, y tan escasa formación literaria y cultural les ha llevado a prohibir la lectura de libros como Madame Bovary, a autores como William Shakespeare, así  como casi todas las novelas contemporáneas o a escritores norteamericanos como John Grisham. Para culminar este monumento a la insensatez, descubro que otros libros, como Mi lucha de A. Hitler, se han librado de las llamas purificadoras encendidas por tan singulares escrutadores de la cultura universal.

Poco puede sorprendernos ya un país que fundamenta sus señas de identidad cultural en los vaqueros ―los de vestir―, en la comida rápida ―que ya era moda en las principales ciudades del Imperio Romano― y en la conquista del lejano Oeste ―que, por otro lado, ya había sido conquistado por los españoles tres siglos antes de que los yanquis llegaran al Pacífico―; poco se puede esperar de un país que legaliza la tenencia y uso de armas, que mantiene muy abierta y sangrante la llaga del racismo, que sostiene un sistema económico vertiginosamente desigual y socialmente injusto, de un país, en fin, cuyo verdadero dios es el dólar y que permite que un multimillonario histriónico y xenófobo sea su nuevo Presidente. Recuerdo aquellas lejanas lecciones de Historia que aprendimos en el instituto en las que se subrayaba que Hitler ganó en las urnas porque supo tocar la fibra del desencanto ciudadano con promesas de trabajo y estabilidad solo para los auténticos alemanes, con discursos profundamente racistas y xenófobos y con puestas en escena cuidadosamente preparadas para encandilar a una sociedad empobrecida y desencantada. No tardó aquel personaje en arrastrar a su país a la sima del caos ordenando la censura y quema de libros en las plazas públicas, y, con ello, evidenciar su repulsa a la intelectualidad.

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