Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 26, 2016

Álamos

Hoy han depositado en mi buzón un folleto informativo sobre convivencia ciudadana que el ayuntamiento ha impreso con el fin de acercar a los ciudadanos la nueva ordenanza cívica. Reconozco que me gustan la maquetación y la calidad de impresión de sus veintiocho páginas, desde la portada, con una yuxtaposición en diagonal de cuatro fotos que muestran el incivismo ciudadano ―grafitis, basuras en aceras…―, hasta la contraportada, una acuarela de técnica impresionista, en colores pastel, que representa una límpida avenida de árboles por la que transitan, felices y bulliciosos, cientos de personas; una pacífica y armoniosa pintura primaveral que sugiere, por tanto, un contrapunto a la portada.

Lo leo. Repaso las normas de conducta que han de cumplir los ciudadanos y el régimen sancionador que debe aplicarse en caso de vulneración de aquellas. Se incide en que nadie debe restar los derechos y libertades de los demás en el uso y disfrute de los espacios públicos, los cuales han de ser usados correctamente y cuya conservación tiene que ser respetada. Así, están prohibidas conductas que deterioren el entorno tales como tirar colillas; arrojar cualquier residuo desde ventanas o balcones; sacudir alfombras o mopas; escupir; defecar y orinar, ya vengan las aguas de animales racionales o irracionales; emitir en horario nocturno ruidos que superen los 30 dB; degradar visualmente el entorno; reunirse para celebrar el rito del botellón; o permitir que los animales de compañía, tanto los racionales como los irracionales, entren en las zonas ajardinadas y en parterres de parques y jardines.

Sin embargo, en toda esta enumeración de prohibiciones resalta una que me ha generado una leve convulsión emocional. No está permitido hacer marcas en los troncos con elementos punzantes. Y viene acompañada de una foto, bella de melancólico silencio, en la que se ve el tronco de un álamo tatuado de nombres y de corazones por aquellos que en su momento, bajo la sombra de sus ramas, quisieron eternizar junto a la persona amada una pasión que entonces creerían imperecedera. Álamos del amor, que, como dijo el poeta, «tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas»: íntima esencialidad que el maestro sevillano supo interpretar y transmitir en sus versos. Pero ahora el régimen sancionador prohíbe esto, y los troncos quedarán entonces yermos de suspiros, hambrientos de amapolas, ausentes de voces enamoradas.

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