Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 6, 2016

Bluetooth

Es fascinante cómo avanza la tecnología. Parece que fue hace dos días cuando se pusieron de moda los teléfonos inalámbricos en los hogares: eso de que te pudieses llevar el auricular a cualquier parte de la casa para no tener que pegarte una carrera suicida por el pasillo para descolgar a tiempo el teléfono supuso lo último en modernidad. A mí esos aparatos me provocaban cefaleas cada vez que los usaba; era como tener la cabeza dentro de un microondas. A mi abuela, por el contrario, el invento le gustaba mucho; muy cómodo para ella, sin duda, debido a su movilidad reducida. «Un día», se me ocurrió decirle mientras merendábamos, «llevaremos el teléfono por la calle, y en el coche, y de viaje». «¡Imposible! Eso sería un truco de magia», me respondió muy convencida mientras mojaba una magdalena en el café con leche.

Jim Kardach ha pasado a la historia como el ingeniero informático que hace veinte años hizo realidad lo que para muchos era imposible y, para su jefe, un deseo: comunicar varios dispositivos de manera inalámbrica. Cuando lo logró, Jim estaba leyendo un libro sobre vikingos, y le fascinó tanto la figura de uno de sus reyes que decidió llamar a su descubrimiento con su nombre. El rey Harald, de apellido Blatand (luego traducido al inglés como Bluetooth), reinó en Dinamarca y Noruega a finales del siglo X, y los libros de Historia lo mencionan sobre todo por el hecho de haber conseguido unificar a todas las tribus danesas y noruegas bajo el techo del cristianismo. Un vikingo bonachón (entiéndanme, muy lejos de los guerreros invasores y asesinos que asolaron el Norte y gran parte de la Europa mediterránea), un vikingo que unificó a gentes dispersas mediante la fuerza inalámbrica de la fe, y Jim quedó fascinado, tanto que el logo de Bluetooth lo ideó de la superposición de dos letras rúnicas, la que representa la «H» y la de la «B», las iniciales del rey.

En la cultura vikinga, sus mujeres eran muy respetadas, principalmente las «völva» o hechiceras. El arte de la magia y de la adivinación era asunto de ellas, no de ellos, y hasta los reyes se dejaban aconsejar por estas, por las «völva» (quién sabe si la marca de coches Volvo fue elegida de aquí). Una de las brujas más famosas se llamaba Heidi. Vaya sorpresa. Seguiré investigando: quién sabe si Pipi Calzaslargas fue otra de esas hechiceras a quien nadie se atrevía a llevar la contraria.

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