Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 21, 2016

Entrañas

Los arúspices veían el futuro en las entrañas de los animales ritualmente sacrificados. Atendiendo al tamaño, la forma y el color de las vísceras, estos etruscos sabían leer lo que para todos era invisible. Sea como fuere, y al margen del porcentaje de aciertos y errores ―y de lo sanguinolento del acto profético―, estos adivinos gozaron de tan alta consideración por parte de los romanos que el Senado les consultaba en secreto antes de decidir cómo actuar ante una cuestión de Estado. Algo de extraordinario deben de tener las vísceras para que sobre ellas, o sobre la lectura que se realizaba de ellas, residiese la prosperidad de una nación y una cultura como la romana.

Al hilo de esto, me ha venido a la mente lo que Cervantes escribió en su Quijote en boca del Caballero de la Triste Figura cuando este aconsejaba a Sancho para que fuese ejemplo de buen gobernador de la ínsula Barataria: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago» (II, 43). «En la oficina», escribe Cervantes. En aquella época, y si consultamos el Diccionario de Autoridades, las oficinas eran las `piezas baxas de las casas, como bóvedas y otras, que sirven para las haciendas de ellas´. Así pues, el autor está comparando el estómago, que está en la parte baja del cuerpo, con la oficina ―la forma abovedad del final de la caja torácica sería su techo―, y deja claro que del buen cuidado de esta oficina depende el buen gobierno de la vivienda, en cuya parte alta se sitúan las habitaciones nobles, donde residen el corazón y la mente. Magistral.

Tranquilidad, nada de estrés y buenos alimentos. Esta es la fórmula de la longevidad y de una vida sana. Hoy en día lo repiten hasta la saciedad en sofocantes dietas milagro y en memes infinitos que recibimos en nuestros dispositivos. Tantos siglos insistiendo en lo mismo. Pero ahora la ciencia ha dado un paso más para rubricar lo acertado de este modus vivendi: se ha descubierto que existen células neuronales en los intestinos. Se sabía de su presencia en el corazón, pero no en las tripas. Mente, corazón y entrañas unidas definitivamente por la praxis de la ciencia, confirmando esa relación que, hace ya un buen puñado de siglos, la literatura, la sabiduría popular y los arúspices aseguraban que existía. Quién sabe si, a consecuencia de ese eterno retorno del que nos hablaba Nietzsche, ahora se destriparán cadáveres en el Congreso para enderezar el rumbo de nuestro país.

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