Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 31, 2016

Peces amargados

Con su último libro, Patria, Fernando Aramburu retoma el tema de las profundas heridas que a lo largo de las últimas décadas el terrorismo etarra ha infligido a la sociedad vasca y que aún permanecen abiertas, como llagas inmensamente dolorosas, ulceradas, imposibles de olvidar. En esta ocasión, tras el anuncio de ETA del abandono definitivo de las armas, es una mujer quien, ante la tumba de su marido asesinado por los etarras, decide regresar al pueblo donde vivieron y de donde tuvo que salir huyendo. En este valiente regreso, habrá de convivir de nuevo con quienes la acosaron y, sobre todo, con quienes fueron sus amigos íntimos en una sociedad rota, desunida, incapaz de olvidar su historia más reciente.

Este tema no es nuevo en Aramburu. Baste leer Los peces de la amargura, título brillante para una colección de relatos ambientados en uno de los momentos álgidos del terrorismo en tierra vasca: sus personajes deambulan desorientados y atrapados en un País Vasco que imaginamos como una gran pecera donde no es posible la convivencia, cuyas aguas, en las que todos nadan y viven, están contaminadas por la violencia y el odio, y ese ambiente irrespirable conduce a la desconfianza y al miedo, a la venganza y a la deshumanización.

Sin contar sus numerosos artículos de opinión, Aramburu se nos presenta, tanto en estas dos obras como en otras que ahora no cito por falta de espacio, como un patriota vasco, pero no de banderas y desfiles, sino como un patriota desde la esencia intelectual del término, la de un hombre angustiado ante la decrepitud de su sociedad y a la que desea cambiar y mejorar con el arma más efectiva de la que dispone: la palabra. En la línea de Larra, que en sus escritos colocaba un espejo limpio a los lectores para que viesen en sí mismos el reflejo de una España anclada en siglos pretéritos, agazapada en sus defectos y supersticiones y a la que el resto de Europa miraba por encima del hombro pirenaico, Aramburu saca filo a su pluma y pule sus textos para concienciar a los vascos y al resto de la humanidad de que el cáncer de la violencia etarra no debe olvidarse ―su recuerdo, sin duda, es el camino para que el odio no se repita― y de que ahora queda la gran tarea de la reconstrucción con los andamios de la paz y del perdón. La última obra de Aramburu es, de nuevo, una excelente noticia para la cultura española.

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