Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 30, 2016

Perritos

Los consideran un miembro más del núcleo familiar a pesar de que muchos han sido adoptados. Enseguida les dan un nombre y una identificación para que figuren legalmente inscritos y pertenecientes a un hogar. Hay personas que ven en ellos el destino último del cariño que ya no pueden compartir con aquellos familiares que por distintas causas no están o que están pero como si no estuviesen, y, por ello, los tratan y cuidan como verdaderos hijos alimentándolos con mimo, velando por su salud, vistiéndolos, acicalándolos en peluquerías especializadas, llevándoselos de viaje ―ya sea de placer o de negocio―, compartiendo, en fin, horas de ejercicio y de paseo y de alegría y de soledad. En algún cementerio se han levantado panteones majestuosos donde fueron enterrados estos sepultureros del silencio, estos ejemplos de bondad y fidelidad, estos juguetones, ruidosos y abnegados animales capaces de despertar en sus adormilados progenitores legales una sonrisa, un abrazo o un beso. Hubo incluso un caso muy conocido desde la prensa de una anciana millonaria que le legó toda su fortuna a su dulce y fiel ahijado.

Las familias los tratan como uno más, pero cuando tienen que mear o cagar los sacan a desahogarse a las calles y parques públicos, que son de todos. A mi hijo no lo saco al parque del ayuntamiento para que haga sus necesidades, ni a mi abuela ni a la madre que me parió, porque nadie tiene por qué ver la meada o la cagada de nadie. Tienen los perritos sus derechos como seres vivos, como animales que son, y me parece estupendo; pero sigue habiendo un lamentable vacío legal allí donde la libertad de los canes comienza para que se enturbie, moleste y ensucie la mía. Los gatos —no sé si genéticamente— están acostumbrados a ir a su cajón, repleto de arena y tierra y piedrecitas higiénicas, para hacer allí lo que los humanos representamos en el trono, pero sigo sin comprender qué demonios —o qué mierda— de privilegios poseen los perros para que puedan ir meándose sin impunidad en los portales, por las esquinas, farolas y señales de tráfico, en las ruedas de mi coche y en los jardines públicos donde juegan nuestros hijos y que mantenemos todos los ciudadanos de nuestro bolsillo. Y lo que me jode es que a todo esto hay que poner buena cara. Pues mire lo que le digo: o cambiamos las costumbres o habrá que mandar a más de uno a la mismísima…

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