Posteado por: josejuanmorcillo | julio 10, 2016

Borrachorexia

Cuando mis padres iniciaron los trámites para que yo viniera a este destemplado, pegajoso y contaminado mundo, un grupo llamado Los mismos ―tampoco es que se quemaran mucho las neuronas para dar con el nombre― compusieron una canción titulada El puente, en la que sostenían que sería maravilloso construir un viaducto desde Valencia hasta Mallorca «sin necesidad de tomar el barco o el avión, sólo caminando en bicicleta o autoestop». Aquella época de los estertores de la dictadura y de los albores de la democracia, Mallorca comenzó a ser un destino de descanso para turistas forrados de divisas que provenían principalmente de Alemania e Inglaterra. La tranquilidad y limpieza de sus playas y, sobre todo, el ambiente rústico de muchos de sus pueblos marineros despertaron esa atracción tan característica de los centroeuropeos hacia lo exótico y sin tener que salir de Europa. Muchas mujeres, aburridas del frío nórdico, se derretían con la sonrisa y espontaneidad de los baleares, con el calor de su pecho fuerte, bronceado y velloso, y surgió la figura del picador mallorquín, que luego el cine del destape no tardó en explotar pero en las costas levantinas de Benidorm, donde nació el landismo, escuela de iniciación al ligoteo de la extranjera rubia, esbelta y de lácteo cutis en la que se matricularon miles de españoles deseosos de aprender lo que tenían censurado dentro y fuera de su casa.

Pero el tiempo ha pasado, y aquellos encantadores pueblecitos pesqueros de la costa mallorquina, como Magaluf, son hoy el destino de jovenzuelos británicos con las hormonas embrutecidas que arrastran su desvergüenza y sus libras por las aceras sucias y pegajosas de alcohol y flujos corporales, ciudades sin ley para satisfacer la demanda de alcohol, playa, sexo, libertad y desenfreno que los adolescentes hijos de la Gran Bretaña contratan por internet desde sus grises casas prefabricadas. Magaluf ya no es conocido por su puerto ni por sus playas, sino porque en él nacieron el balconing y el mamading, a los que no voy a dedicar ni un segundo, y ahora, cansados de saltar como monos y de chupar bolis, estos bitongos se han inventado para este verano los booze cruises, o cruceros alcohólicos en alta mar que culminan en orgías descontroladas, y la borrachorexia, que consiste en purgar el cuerpo con laxantes o permanecer en ayunas para que los efectos del alcohol sean más rápidos y las cogorzas más intensas. Menos mal que el famoso puente se quedó sin construir.

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