Posteado por: josejuanmorcillo | junio 30, 2016

Fantasmas

A pocos kilómetros de Ginebra, en la Villa Diodati, junto al lago Lemán, a mediados de junio de 1816, hace ahora doscientos años, coincidieron cinco jóvenes. La alquiló Lord Byron, junto a John W. Polidori, su secretario, e invitó a ella al poeta Percy Shelley, a su pareja Mary y a la hermanastra de esta, Clara Clairmont, la verdadera ideóloga del encuentro por el deseo de conocer a Lord Byron, a quien no tardó en convertir en su amante. Posiblemente porque, unos meses antes, el volcán indonesio Tambora explotó en una erupción apocalíptica, aquel verano europeo fue oscuro, gris y frío, y aquellas veladas que compartieron en la Villa Diodati fueron especialmente desapacibles. Una noche, animado por el clima más bien otoñal, entre rayos y tormentas, el joven doctor Polidori leyó de un libro que había llevado para ese encuentro, Phantasmagoriana, varias leyendas de espíritus, fantasmas y apariciones, y les propuso que para el día siguiente escribieran un cuento de terror para ser leído a los demás. Aquella noche, con el recuerdo de la historia verídica de un tal doctor Dippel que, en su castillo llamado Frankenstein, se dedicó a la reanimación infructuosa de cadáveres, Mary tuvo una pesadilla terrible en la que un joven doctor creaba un ser cosiendo los miembros de varios cadáveres y al que después le daba vida; Polidori, por su parte, escribió un cuento que tituló El vampiro, cuyo protagonista empleaba su seducción para chupar la sangre de sus víctimas. Lo de Mary fueron las primeras líneas de Frankenstein o el nuevo Prometeo, publicada el año siguiente; el relato de Polidori supuso el gran precedente de la novela Drácula, escrita ochenta años más tarde por Bram Stocker y de la que Oscar Wilde dijo que era «la novela más hermosa jamás escrita». De aquel encuentro de estos jóvenes escritores nacieron algunas de las grandes pesadillas que han alimentado, desde entonces, el miedo de gran parte de la humanidad.

El miedo, ligado al instinto de supervivencia, es un sentimiento primigenio de nuestra especie. Por ello, alimentarlo ha sido una de las armas más poderosas que las religiones, los Estados y los dirigentes políticos han empleado y siguen empleando para dominar a la masa supersticiosa e inculta bajo el lema «Pero, si me seguís, yo os salvaré». Hoy, desde arriba, se sigue regando al pueblo con fantasmas, y este, irreflexivo, no es capaz de abrir el paraguas de la lucidez.

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