Posteado por: josejuanmorcillo | junio 25, 2016

Cocón

Estornudé mientras escribía y me golpeé con la mesa en la frente. Parece divertido, quizás ridículo, que con la edad que va teniendo uno ya no sea capaz de controlar los movimientos del cuerpo cuando me alivio, pero así fue, así ocurrió, y aquello, a pesar del dolor y del moratón que ha ido apareciendo como recuerdo del cocón, me produjo una breve pero amarga risilla.

Esta mañana, después de levantarme, entré al baño y me miré en el espejo. Ahora es lo primero que hago. Pasé los dedos por el cardenal con cierta suavidad porque el dolor persistía. A veces, cuando a uno le duelen hasta las pestañas, apetece quedarse dormido varios días porque el estado de somnolencia amortigua y casi borra la sensación de malestar. Comprobé el cambio de color: de un rojo tamizado ha pasado a un granate violento. Recordé entonces que, siendo niño, y emulando a Tarzán, que era mi ídolo veraniego, me subí a lo alto de la balsa y, sin pensar en los riesgos ni en mi menuda capacidad muscular, me lancé para agarrar uno de los hierros traveseros —fino, circular y pintado de verde— que formaban el andamiaje por el que se extendía una tupida parra. Tan pronto como mis reducidas manos llegaron al tubo, se desprendieron y caí desde una altura de casi dos metros en posición horizontal, con tan mala fortuna que mi cabeza rebotó como un balón de nivea y me dejé allí, sobre el hormigón del suelo, parte de mis incisivos superiores. De aquel torpe beso se me hincharon los morros como si me hubieran inyectado varias ampollas de silicona y me fue saliendo un bulto en medio de la frente con forma de huevo y a punto de estallar, como si de él fuera a nacer un ojo ciclópeo. Cuando el magnífico moratón bajó a los ojos, y con los labios todavía entumecidos, parecía un boxeador al que le hubieran dado la mayor paliza de su vida.

Frente al espejo, y mientras recordaba esto, sonreí, y entre mis labios, serenos y encallados de años y de besos, desde la oscura humedad de mi boca, se dejaron ver, como dos blancas larvas condenadas eternamente a saciar su voracidad, los piños mutilados de mi infancia, exactamente iguales, con el mismo color y la misma fuerza de entonces, y me di cuenta de que en ocasiones el tiempo pasa de largo y no ensucia ni marchita algunas partes del cuerpo. Cerré entonces la boca y volví a sonreír, pero mirándome fijamente a los ojos, sin parpadear.

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