Posteado por: josejuanmorcillo | junio 15, 2016

Una madre

A María Horrach              

Sin salir de Europa, el cabello es, sin duda, uno de los símbolos básicos de nuestra cultura. Una cabellera fuerte y frondosa ofrece en el hombre una imagen de salud, de fortaleza, de virilidad; en una mujer, el cabello largo, ligeramente recogido con unas cintas, ese cabello «que el viento mueve, esparce y desordena», simboliza belleza, lozanía, alegría. Un pelo negro y undoso transmite pasión, sensualidad: cuando los leí, se me quedaron grabados los versos del poema «Cabellera negra» que escribió Vicente Aleixandre en octubre de 1943 y que publicó en Sombra del paraíso en 1944: «Cabello negro, luto donde entierro mi boca,/ oleaje doloroso donde mueren mis besos,/ orilla en fin donde mi voz al cabo se extingue y moja/ tu majestad, oh cabellera que en una almohada derramada reinas». Ese pelo extendido sobre la almohada, mientras ella duerme, y al que su boca se acerca como un náufrago sediento de pasión, ese pelo que él acaricia, siente y besa.

Para muchas mujeres, el cabello es la parte del cuerpo que más estiman, la que cuidan con más mimo. En su largo cabello reflejan su feminidad y, antes, su virginidad. En la posguerra, miles de mujeres con urgentes necesidades de subsistencia, algunas de las cuales eran madres solteras, se vieron obligadas a llevar a cabo uno de los más intensos gestos de dolor y de humillación: vender su cabello. Cabello triste y vencido sobre ricas cabezas vencedoras. Sin embargo, que una mujer cortase parte de su cabello y se lo regalase a la persona amada —costumbre casi desaparecida— se consideraba una gran manifestación de amor. Pocas veces he leído tanta pasión amorosa como en estos cuatro versos de una seguidilla gitana: «El día que muera/ te pido un encargo:/ que con las trenzas de tu pelo negro/ me amarres las manos». Trenzas, trenzas por el suelo, de la cocina a la alcoba.

María era su apoyo más importante. Iba allá donde viajaba su hijo, y se emocionaba con sus triunfos y sufría en silencio por sus derrotas. Sus manos, aquellas que jugaban cariñosas con el cabello de su madre, no pudieron controlar la moto cuando pisó un bache en una curva y lanzó a Luis hacia la tragedia. En su velatorio, ella, con la cabeza rapada, deshilachada en lágrimas y en vértigos de dolor, entrelazó sus mechones de pelo undoso en los dedos de su hijo. Su último regalo. «Para que puedas seguir jugando con ellos». Una madre.

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