Posteado por: josejuanmorcillo | junio 10, 2016

Samugo

Tengo un vecino que es un samugo. No le gusta conversar cuando coincide con alguien en el rellano del portal o en el ascensor, y ni saluda cuando se cruza con nosotros en una calle o en un comercio del barrio. Afortunadamente no asiste ya a las reuniones de la comunidad porque cada vez que se presentaba era para oponerse a todo; llegaba incluso a vocear e insultar. Qué tensión y qué mal cuerpo nos provocaba este hombre. Como solemos decir, a hacer puñetas, que bastante tenemos con lo que tenemos.

Al parecer, su médico le ha aconsejado, a pesar de su avanzada edad, que se ponga a nadar para paliar unos dolores lumbares que lo traen por el camino de la amargura. Eso me contó en el ascensor cuando subíamos hasta casa. Debe de ser que yo no le caigo del todo mal porque abrió y mantuvo esta conversación durante los segundos que tardamos en subir hasta nuestro piso. Así que, el otro día y quizás porque ha coincidido con el tiempo veraniego que acaba de llegar, se puso un bañador de la época de cuando Fraga se bañó en Palomares —uno de esos de talla XXXXL que podrían tapar mis sobaquillos— y bajó a la piscina. Desde el balcón del salón de nuestras viviendas disfrutamos de una vista total de la zona recreativa, incluida, claro está, la piscina. El buen hombre juntó los pies en el borde de la piscina, se arrebujó como una cochinilla, juntó las palmas de las manos sobre su cabeza como las colocan las bailarinas hindúes cuando mueven sus cabezas de un lado a otro del cuello y, como si se lanzase un fardo desde una altura media, simplemente se dejó caer con tan malas artes y disciplina que planchó el rostro y el estómago sobre la superficie del agua. Me dolió hasta a mí. Al cabo de unos segundos inciertos en los que el hombre no lograba salir a la superficie y en los que estuve a punto de bajar para salvarlo, emergió como un manguito y, sin sacar la cabeza del agua, movió convulsamente los brazos de tal manera que, en lugar de avanzar, rulaba como una croqueta. Cuando la cabeza afloró y pudo finalmente respirar, movió brazos y pies como un perrito asustado y, tras unos pocos segundos, consiguió alcanzar la escalera. Creo que la terapia estuvo muy lejos de lo que le aconsejó su osteópata o su traumatólogo, pero no hay duda de que a varios vecinos se nos fueron los males ante el espectáculo lúdico-acuático al que asistimos.

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