Posteado por: josejuanmorcillo | junio 8, 2016

Gabriel

Sucedió esta mañana. Bajó a la cala pedregosa que está frente a su casa, abrió la silla y la colocó en el lugar que más le gustaba. Desplegó sobre ella la toalla para no manchar el asiento ni el respaldo con el protector solar. Se descalzó, se quitó la camiseta y se sentó. Cerró los ojos. No había nadie en la cala. Solo él. El cielo lo cubría una fina lámina de nubes, como una gasa transparente, como una masa de hojaldre que el rodillo del viento hubiese dilatado hasta lo físicamente posible. Cielo sucio, así lo llaman. A través de él, no obstante, el Sol iluminaba y calentaba con fuerza. Él sentía su calor, suavizado por la brisa del mar que alcanzaba la orilla. Echó mano a su cajetilla, sacó un cigarro y lo encendió. Dio una primera y profunda calada, dejó el codo derecho descansando inerte sobre el brazo de la silla y volvió a cerrar los ojos. El mar estaba en calma, como un lago dormido en plena época estival. Sentía entonces el rumor del agua cuando alcanzaba en suaves oleadas la orilla, el agua cuando se dejaba caer sobre las piedras, sobre los guijarros calcáreos, algunos de los cuales tan horadados que parecían esponjas, y otros con marcas de fósiles sobre su superficie parecidas a las laceraciones que sobre la piel de las ballenas tatúan calamares y otras especies en su lucha por la supervivencia. Conoce de sobra el rumor del mar sobre los cantos rodados de la orilla, es incluso capaz de entenderlo: la duración de cada ola hasta que se desvanece, la cadencia del oleaje, la fuerza de llegada y la caricia final del agua mientras regresa al mar. Es un lenguaje que él sabe entender sólo cuando tiene los ojos cerrados, se relaja y abre los oídos para escuchar. Un golpe de brisa arrebató la ceniza sobrante del cigarrillo, que no cayó al pedregal, sino que se mantuvo suspendida en el aire, entre la brisa, aleteando unos segundos, para después caer sobre la orilla y ser disuelta por el mar. Durante aquellos instantes se dio cuenta de que se tenía que desdoblar para poder contar todo lo que abrigaba dentro, y en esa convicción definitiva al fin surgí yo. Ahora estoy detrás de él, y él lo sabe. Una noche, en sueños, me puso por nombre Gabriel Moncada, y así me llamaré. Ahora caminaré siempre a su lado, como un Aarón, corporeizando sus pensamientos, sus arrebatos y sus ensoñaciones. Soy el otro yo que siempre quiso tener, y que finalmente ha nacido.

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