Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 25, 2016

¡Equilicuá, petricor!

Hay palabras que están incluidas en nuestro diccionario normativo y que languidecen porque casi no se usan. Son términos que, llegado el momento, se difuminarán de nuestro lexicón y quedará de ellos tan solo el recuerdo en los corpus que la Real Academia mantiene abiertos para registrar su historia, su uso, su presencia en textos escritos. Las palabras que ya no se aprovechan son como hojas agostadas, débilmente sujetas en su rama, a punto de caer a la tierra que les dio la vida. Con equilicuá sucede esto. Del italiano eccoli qua (‘helos aquí’), es un adverbio que, en palabras de la Academia, «se usa para expresar asentimiento o conformidad», y añade el diccionario como ejemplo «¡Equilicuá, tú lo has dicho!». No he oído a nadie emplear este adverbio, no lo he visto escrito en ningún libro actual o clásico de nuestra literatura; es más: tan solo se registra una entrada en el CREA (Corpus de Referencia del Español Actual): en la novela La gaznápira, escrita en 1984 por Andrés Berlanga; y apenas cinco en el CORPES XXI (Corpus del Español del Siglo XXI). Nunca lo he manejado y no creo que lo haga; el uso lingüístico ha de ser espontáneo, natural, nada forzado, y no me sale emplear equilicuá en ningún contexto comunicativo oral ni escrito. A pesar de ello aquí quedan estas líneas, como maniobras de reanimación cardiovascular que tal vez aviven a este paciente sin apenas constantes vitales.

Hay palabras que acaban de nacer. Algunas de una belleza extraordinaria, pero tan jóvenes que la RAE no se atreve a incluirlas en el diccionario. Hace apenas cincuenta años brotó el neologismo petricor para dar forma lingüística a la fragancia que exudan ciertas plantas en época de sequía. En español lo usamos para referirnos al olor de humedad cuando caen las primeras gotas de lluvia sobre la tierra seca, ese aroma a oxígeno, a vida, al que abrimos nuestras ventanas para que se impregne en nuestra ropa, en nuestros muebles, en nuestra casa. De los términos griegos petros (`piedra´) e ikhor (`la esencia que corre por las venas de los dioses´), el alcance sugestivo es admirable: viendo que el campo se seca, los dioses sajan sus carnes para que las gotas de su esencia caigan desde los cielos y renazca de la tierra la vida. Palabras que mueren y otras que nacen: el ciclo eterno de la muerte y de la vida también en nuestra lengua.

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